La toalla
may 2012
Gobernador Maciá
may 2012
Lázaro Enrique dejó Gobernador Maciá un uno de enero. Medio borracho salió a la ruta y se sentó en la banquina, dejando atrás los estruendos de petardos que recibían un nuevo año y soñando un futuro en Buenos Aires. Ese mismo día, un camión que llevaba ladrillos lo dejó en Panamericana y 197. Lazaro preguntó cómo llegar a Constitución y los borrachos del uno de enero se le rieron. Un playero le indico que colectivo tomar, pero Lázaro no traía plata. Desde Panamericana y 197 caminó un día entero y llego a Constitución, cansado, famélico y con un papelito arrugado en el bolsillo del jean que decía Estados Unidos 1243.
Cuando le explicaron que había pasado por allí y tenía que volver algunas cuadras sobre sus pasos, Lázaro agradeció, dio la vuelta y siguió caminando. En la pensión de Estados Unidos 1243 lo esperaba Eugenio, que le había dejado ese papelito arriba de la mesa de la cocina en la casa de Maciá unos meses antes, en su última visita.
Eugenio trabajaba tirando cables de fibra óptica por las veredas destrozadas de Buenos Aires. Lázaro hacia de changarin en Maciá y se vino a probar suerte, con la esperanza de poder trabajar con Eugenio. Y así fue. El martes siguiente, Lázaro ya usaba un overol azul con el logo de Telecom y se hundía en las veredas porteñas, tirando fuerte de las guías hasta ver aparecer las puntas de las fibras. Un par de meses después me uní a Eugenio y a Lázaro, y trabajé con ellos, primero tirando fibras en la calle, y más tarde tirando cables de datos en las oficinas. Por lo general eran trabajos que se hacían de noche, y nos cagabamos de risa haciéndolos. Los caños angostos y los cables gruesos envaselinados dejaban a la mano el chiste fácil. Laburabamos de noche, sin nadie molestando, con la cumbia sonando al palo, y nos pagaban por eso. Al año Eugenio se volvió a Macía porque uno de sus hijos se había enfermado, y en reemplazo vino Pato, el hermano de Lazaro. A veces trabajábamos 72 horas de corrido, sin darnos cuenta del paso del tiempo. Entregábamos obras en las que otras cuadrillas tardaban semanas en menos de 4 días.
Lázaro y Pato me mostraron una ciudad que yo no conocía. Una Buenos Aires que los porteños no sabemos que existe. Una ciudad adentro de la ciudad, escondida atrás de puertas ínfimas, donde suena otra música y se comen otras comidas. Ahí, en esa ciudad, Lázaro se enamoró de Vero y a los dos meses se fueron a vivir juntos, en una pieza más grande de Estados Unidos 1243. Nos iba bien. Lázaro y Pato mantenían a sus hermanos menores en Maciá, viajaban casi todos los fines de semana, y siempre insistían en llevarme. Yo nunca fui.
Laburamos juntos dos años, hasta que la cosa empezó a flaquear. Pato se puso un localcito donde vendía chombas truchas de Lacoste. Yo me puse a estudiar, y trabajaba instalando centrales telefónicas. Cada tanto, en alguna instalación me cruzaba con Lázaro , que fue el único de los tres que se quedó tirando cables. El era feliz con eso y no necesitaba más. Laburaba cuando quería, la guita le alcanzaba y vivía con Vero. Era un tipo feliz.
Cada tanto nos juntábamos a comer los tres en el Paulin o en alguna parrillita por Retiro y nos reíamos de los viejos tiempos, de las noches enteras sin pegar un ojo, tirando cables y cagándonos de risa de cualquier cosa. Cantando canciones de Los Palmeras a todo volumen.
Después nos empezamos a distanciar. Pato laburaba mucho, yo cursaba hasta tarde y Lázaro trabajaba con sus horarios que ahora eran raros para mi, y cuando no trabajaba, estaba con Vero.
Un día cualquiera sonó el teléfono y era Pato. Le respondí como siempre, mandándolo a la concha de todas sus hermanas en lugar de decir hola. Siempre me respondía algo divertido, pero ese día se quedo callado y supe que pasaba algo. No hablé. Por un minuto todo fue una respiración pastosa, un aire viciado saliendo por los agujeritos del parlante y después, desde el silencio oscuro la voz de Pato: Tonga, Lacho se colgó.
No pude responder. Corte como un cobarde. Un cagón que no sabe que decir y escapa, un cagón que deja a su amigo tirado y solo, al costado de quien sabe que banquina, con un teléfono en la cara diciendo que Lacho se colgó. Susurrando desde una oscuridad que solo puede ser la muerte que su hermano se colgó. Salgo de casa y corro con las tres palabras de Pato haciéndome eco en la cabeza: Lacho-se-colgó. Camino troto corro grito lloro puteo y en el puente de Superí me quedo suspendido. Miro desde el filtro de los ojos borrosos las luces rojas y blancas de los autos que vienen y van por la General Paz. Lacho-se-colgó. Esta vez tampoco voy a Maciá. Para mí, Maciá es Lacho, y si voy a ver como se queda para siempre en un cajón debajo de la tierra en un cementerio de mierda en un pueblo de mierda lejos de mi, lejos de un sanguche en el Paulin, lejos de una pizza de Ugis en Plaza San Martin, mejor no. Mejor me quedo acá. Lacho es mi amigo que me colaba cervezas adentro de las cajas de cable. Lacho es el hermano de Pato. Es cualquiera menos uno que está colgando en una habitación fría de Constitución. Cualquiera menos uno que se acaba de colgar con un pedazo de fibra óptica y una carta breve que solo dice:
“Vero, si no es con vos no quiero estar con nadie. Me vuelvo a Maciá.”
Golero
may 2012
Todos somos valientes desde la certeza. Yo hubiese hecho tal cosa. Era obvio que tenía que poner 4-4-2 y salíamos campeones. ¿Cómo no se le ocurrió?. Desde el futuro todos somos campeones hijo, pero en la cancha son noventa minutos nomas. Noventa minutos para salir campeón o volverte a casa cabizbajo. Para convertirte en ídolo o caer en la desgracia de la derrota; Y si sos golero, como yo, es peor. Si por suerte o elección te toca ser golero, sabes de antemano que vas a tener un segundo de gloria o una vida de escarnio. Vas a volar por los aires llegando milagrosamente al ángulo. Vas a ser héroe y durará los diez o quince segundos que tardes en recuperar la pelota, acomodarla en el vértice izquierdo del área chica y mandarla otra vez al pecho del mago, al pecho debajo de la cara de esa figurita que quieren todos los pibes en la escuela. Esa será tu gloria efímera. Tu gloría es la hinchada ajena, tu gloría es el viejo que se agarra la cabeza porque frenaste una pelota que era gol. Es jugar de visitante y sentir el silencio, el estadio mudo cuando ese penal se te queda entre el pecho y el pasto. Ese es tu segundo mejor.
Pero tu derrota, tu derrota es eterna. Tu derrota es el gol cualquiera, es el gol que llega porque el defensor no puede más. El gol absurdo es tu derrota. Por más que cada noche le digas a la almohada que no, que sacaste mil pelotas, que ordenaste la barrera, que el gol, nuestro gol, empezó con un saque tuyo. Tu derrota siempre será el gol de mas, el gol que fue y que podría no haber sido. Y si tu victoria dura un segundo que es eterno, es hora de que sepas ahora, antes de elegir ser golero, que tu derrota dura una semana, que tu derrota es derrota hasta el próximo domingo. Es hora de que aprendas que una semana es mucho más corta que un segundo.
para abú.
Abrigate que hace frío
may 2012
Ayer mi hermana descubrió este blog. Tampoco es que haya estado oculto, pero hace unos pocos posts que empecé a linkear desde facebook, y ayer mi hermana llegó por eso de que el amor también puede ser un vómito. Y no le alcanzó y hurgó un poco más, y llegó a tan calma es la lluvia, y leyó que yo sentía que era “el hermano de”, y se dio cuenta que cuando digo el hermano de, me refiero a ella.
Ayer mi hermana llegó a este lugar y leyó cosas que quizás había intuido, pero que yo jamás le había dicho directamente a ella. Y lloró frente a la luz azul de la pantalla de la notebook, leyendo una historia que conocía. “Acabo de remover viejos recuerdos a través de un relato que casi podía adivinar a medida que iba leyendo”, me escribió desde la madrugada.
Me estaba devolviendo el golpe. Un golpe bajo que no se esperaba y al que llegó sin querer, después de leer que su sobrina vomitaba encima mío.
Pero no le bastó con eso. Siguió escribiendo. Su mail también decía:
“Recordé de golpe aquel Alplax que me diste y la tía avisando que “mamá se estaba yendo”. La eternidad de su agonía, la cama, la gelatina que no comió esa noche, ella… Mi imagen abrazándola fuerte, pidiéndole que me abrace, que no me deje… Las noches donde yo la llamaba a gritos, despierta, y no entendía por qué vos no llorabas, pero de pronto, vos la llamabas dormido.”
De pronto yo la llamaba dormido. Yo no sabía eso de mi hasta recién. A veces creemos que sabemos todo de nosotros mismos, y la realidad nos sacude de una trompada. Yo la llamaba dormido.
Yo sé que la soñaba. Soñaba que mi vieja se moría de cáncer y yo no podía entrar a la sala velatoria. Soñaba que veía el ataúd entrar en un horno y quemarse y convertirse en astillitas crepitantes. Soñaba todas la noches las mismas imágenes y me despertaba aturdido pero feliz de que el sueño había terminado, y había un par de segundos de felicidad en los que yo creía que me iba a levantar y mi vieja iba a estar en la cocina tomando mate. Un par de segundos antes de darme cuenta que el sueño no era premonición sino recuerdo, en los que creía posible volver a abrazarla y decirle que la quería.
Ayer mi hermana me escribió un mail y me recordó que cuando salíamos temprano para el colegio, mi vieja desde la cama y entredormida siempre nos decía “abrígate que hace frio”.
Yo le daba un beso y me iba, a veces abrigado, porque en efecto, hacía frio, a veces con un sueter. Pero Julieta, mi hermana, no se cansaba de contestarle. Cada vez que mi vieja le decía “abrígate que hace frio”, Julieta le retrucaba “¿vos como sabes si estás acostada?”. Todas las mañanas de todos los inviernos de los 5 años que duró el secundario, mi hermana y mi vieja tuvieron esa misma charla. Y el uno de septiembre, cuando mi hermana abrazó a mi vieja y le dijo con el hilo de voz que le salió de la garganta “no te vayas mami, abrazame y no te vayas”, mi vieja le respondió “abrigate que hace frío”. Y aunque estábamos en septiembre, esa noche fue la más fría del mundo.
El amor también puede ser un vómito
may 2012
Cuando tenía 20 años iba a bailar a un boliche que quedaba en la calle Arcos y se llamaba Los Cabos. No tenía nada de bueno. Era un cuadrado feo, pintado con colores de mierda, donde sonaba una música que no me gustaba. Pero iban mis amigos y entraba gratis casi todos los fines de semana. Así que iba. Nunca bailaba, casi nunca hablaba con chicas, y por lo general pasaba la noche tomando cuba libre hecho con algún ron barato. Bailar no bailaba porque nunca me salió bien ni me interesó hacerlo y porque la música no me gustaba. Tampoco es que lo hubiese hecho si me pasaban “Beyond the sea” por Bobby Darin, pero al menos me lo hubiese planteado. Lo de hablar con chicas nunca me salió. Nunca pude entender cómo funciona eso. ¿Porqué un tipo pregunta alguna boludez incoherente esperando una sonrisa cómplice?, ¿porqué mierda una mina responde cuando le preguntan de qué signo es, o a que se dedica, o si viene siempre a este tugurio?
Quizas, el problema era que no sabía hacer las preguntas correctas y por eso siempre terminaba esperando el 60 solo. Cruzando cagado de frio el puente de Superí a las 6 de la mañana. Desayunando la pizza fría de la noche anterior.
Hay una noche que no me puedo borrar de la memoria y que cada tanto vuelve a mí como una cachetada del pasado. Serían las tres de la mañana cuando la vi. Estaba sentada sola en uno de los sillones que estaban cerca de la puerta y debajo de la escalera. Creo que tenia rulos, y eso es todo lo que recuerdo de su imagen. No sé qué le dije ni como conseguí el valor para hablarle, pero me acuerdo que me acerque y ella tenía un trago celeste en la mano, lo tomaba de a sorbos cortitos y yo sentía en su aliento la piña colada. Hablamos por horas, hablamos mientras veía a mis amigos robar besos sin sentido y seguimos hablando entre mis cubaslibres y sus tragos celestes, que después supe que se llamaban esperma de pitufo. La lucidez del ser humano que invento tan original nombre me sigue consternando.
Promediando las dos horas de charla, comprendí que era una idiota. Si no lo había notado antes seguramente era porque estaba bastante buena, pero en ese momento lo supe. Era una idiota. Lo supe y no me molesto, al final de cuentas, de cualquier forma hubiese estado en ese lugar y bebido la misma cantidad de alcohol, pero me habría arrepentido de no hablarle y seguramente habría pensado en ello entredormido y solo, arriba del 60, esperando pasar la cancha de Platense para bajarme en Superí. Dos horas de charlar de cualquier cosa, de preguntarle de que signo era (que de Aries) y a que se dedicaba (que estudiaba diseño) y con quien había venido (que con unas amigas pero se habían ido). Eso último era la entrada al beso, pero yo no lo sabía, o me daba vergüenza, o las dos cosas, asi que pasaron varias oraciones mas antes del beso. Y después el beso, y casi enseguida el estoy mareada y las risitas, y un segundo después el vómito intempestivo y celeste, caliente y con olor a vicio y salchichas de copetín. El vómito con pedacitos de jamón sobre mi brazo salpicando mi cara. El vómito horrible y mi pelea conmigo por saber qué hacer en esa situación. El vómito y mi conciencia carcomiéndose de la duda. El vómito, horrible y frio en la tela de mi remera pegada a mi piel mientras espero el 60, solo y cagado de frio, para bajarme en Superí y cruzar el puente.
Después de eso uno entiende muchas cosas. Cuando esperas un bondi, cagado de frio y lleno de vómito ajeno en la madrugada de un domingo cualquiera estas explicándole cosas a tu futuro. En ese momento no lo sabes, en ese instante lo único que podes procesar es la imagen de esa hija de puta vomitándote celeste. La odias. Antes era nadie, pero ahora la odias más que a cualquier otra cosa. El olor a vómito te cala el cerebro. Te inunda de odio desde las fosas nasales. Pasan los años y nunca te olvidas de esa imagen. De esa noche haciéndose día mientras esperas un colectivo en Luis Maria Campos. En ese momento crees que para siempre vas a odiarlo, que cada vez que recuerdes ese vómito el alma se te va a amargar; pero una noche, muchos años, muchísimos años después, son las tres de la mañana otra vez, hace frio otra vez, hace mucho frio y ella toma de a sorbos largos su bebida y vos le acaricias el pelo, ella termina su bebida y le das un beso en la mejilla y ella te mira, no dice nada pero te mira y sus ojos te hablan. Sabes lo que va a pasar y no te importa. Sentís que viene, sentís el olor y un segundo después el calor te inunda el pecho, es un vómito ajeno y blanco. Un vómito de leche y arroz y mandarina que te chorrea por el pecho. Te sacas la remera y volves a abrazar a tu hija, que se siente mal y vomita y te mira pidiendo que la abraces, y entendes que hace muchos años, una noche de frio, habías entendido todo.
La linea muda
may 2012
Ya era bastante tarde y estábamos en el Trastevere, después de haber comido y bebido en abundancia. Cansados, borrachos, y con muchas ganas de volver al hostel donde nos hospedamos, pasando Termini. Cuando uno viaja por primera vez a Europa y hace el viaje de las grandes capitales, pasar por Londres y Paris antes de llegar a Roma es una idea de mierda. Roma es una ciudad sucia y desordenada, y por si esto fuera poco, sus habitantes son argentinos exacerbados. Si uno cree que el argentino es gritón y toca mucho la bocina, es porque no conoce al romano. El romano es un hijo de puta. Un tipo al que nada le importa demasiado.
Nosotros habíamos llegado diez días antes como dos tortolos “just married” al aeropuerto Charles de Gaulle en Paris, habíamos caminado por Champs Elysees y tomado café en el Secondieme Etage de la Torre Eiffel. Habíamos comprado vino tinto y queso para cenar en una fromagerie. Despues, en Londres, paseamos por Notting Hill, caminamos por Hyde Park y viajamos en tube. Repetimos como idiotas “mind the gap”. Nos sacamos fotos en el Tower Bridge. Tomamos un avión en London Gatwick, llegamos a Roma. Termini. Termini es Constitución un domingo a la noche. Y cuando uno está en Constitución un domingo a la noche, si se la banca es porque habla el mismo idioma que el resto de la gente, y porque no tiene toda su ropa en una mochilita, o toda su plata, o todos sus documentos. Si uno se banca Constitución es porque sabe que de última, con una moneda de 25 guitas llama a cualquier amigo. Pero esto es Constitución en italiano, de noche, solo y a miles a de kilómetros de tu casa. Constitución haciéndote el superado delante de tu flamante esposa en tu luna de miel canchera, de mochilero por Europa. Asi que no decis nada, pero tenés el culo lleno de preguntas. Caminas rapidito, siguiendo de largo cuando los tanos se te ponen pesados ofreciéndote taxis, alojamiento y otras cosas que no entendes. Vos sos un tipo precavido y te fijaste todo en google maps. Salis de Termini y ahí está Roma, sabes los nombres de las calles gracias a google. Doblas a la derecha. Ahi esta Roma, la Cittá Eterna. Roma, una de las grandes capitales europeas. Roma, corazón de la religión católica. Una ciudad de mierda. Roma oscura y sucia. Roma con olor a mierda. Llegas al hostel, dormís, pensas que mañana vas a estar descansado y vas a ver todo con otros ojos. Pero llega mañana y resulta que Roma es una mierda pero con sol. El transito hace imposible las calles, los romanos tocan bocina permanentemente, las vespas salen de las alcantarillas y se meten por todos lados. Los semáforos son luces de colores que cambian en las esquinas, pero que nadie parece usar. Subte no hay. Cada vez que quieren hacer una línea de subte hacen un pozo y les sale una ruina de algo. Vienen los arqueólogos. Dicen que allí una vez durmió un primo segundo de Rómulo. Hacen un monolito. Cobran 2 euros la entrada.
A la noche baja un poco el quilombo y uno sale a caminar tranquilo. Hay que admitir que el Coliseo iluminado es muy bonito. Hay que cenar en el Trastevere. Todos los turistas cenan en el Trastevere porque creen que eso es lo que hacen los romanos. “Al Trastevere van los romanos” dicen todos los turistas mientras cruzan el puentecito que te sumerge en ese barrio ambientado como la escena de La Dama y el Vagabundo. “Esto es Roma”, dicen mientras pagan 20 euros por un plato de pasta seca con pesto y un vaso de vino de damajuana servido sobre un mantel cuadriculado.
Nosotros fuimos a otro lado. No es que quisieramos la posta, la “vera Roma”. No teníamos un mango para hacer el cliché de comer a orillas del Tiber con una vela derritiéndose sobre una botella de vino. Caminamos para el lado opuesto al que lo hacían todos, hasta que se terminaron los menúes en ingles y los chinitos con cámaras de cincuenta millones de mega pixeles. Nos sentamos en una pizzería y pedimos sin entender nada. Comimos y bebimos hasta que se hicieron las dos de la mañana, y borrachos, nos preguntamos cómo volvíamos a Termini. Estábamos perdidos en Roma. ¿Qué lindo no? Perderse en Roma y llegar como por casualidad a la Fontana di Trevi. No. Eso pasa en las películas. Nosotros estábamos en el medio de la nada, muy entrada la noche, sin saber volver. Y lo que era peor, sabiendo que volver era Constitución.
Caminamos hasta que por fin encontramos un tano. Parla inglese? pregunté con seguridad. Non parlo. Puta madre! Non parla!
Saco de la galera un “Come arrivato Termini?” y para mi sorpresa, parece que el tano me entiende. El problema es que nosotros tratamos de entender lo que nos contesta, pero no. Nada de nada. “io no comprendo” le digo, sabiendo que ya estoy meando afuera del tarro. “Non capisco” me corrije Meme. El tano nos explica exactamente lo mismo, pero levantando el tono de voz. Ahora sí! Si lo decís mas fuerte te entiendo seguro! La puta madre, estamos perdidos y este tipo habla como el culo. Lo miro con cara de perro degollado. Mis ojos dicen sacame de esta tanito, te lo pido por lo que más quieras. El tano gesticula. Sus dedos índice y pulgar van y vienen en un movimiento raro, como si se rascase ambas mejillas. El movimiento es acompañado por el grito “áca!”. Cada vez entiendo menos. Meme se asusta un poco. ¿Áca donde? ¿Áca qué? , pregunto subiendo la voz yo también. El tano insiste y sube mas la voz, ahora parece que le pican mucho más las mejillas, que la picazón se extiende a los ojos. El tano me mira enojado mientras sigue gritando Áca, áca!
No sé si ponerme a llorar o empezar a correr. Meme me aprieta la mano y me indica algo con su mirada. A lo lejos veo venir un colectivo. Sigilosos pero con paso firme caminamos, de espaldas, retrocediendo sobre nuestros pasos y sin perder de vista al tano que sigue gritando, que se sigue rascando la comisura de los labios. El colectivo frena en la esquina. Corremos. Subimos casi taquicárdicos. Ya mucho no nos importa a donde nos lleve, lo importante es huir, pero por las dudas preguntamos: ¿Termini?. Termini! dice el conductor estirando eternamente la e.
Meme le clava una mirada inquisidora y le hace la pregunta fundamental: ¿áca?, áca! el chofer afirma, gritando. Con una mano sostiene el volante, con la otra se rasca las mejillas y señala hacia él frente. Áca! repite. Veinte minutos más tarde llegamos a Termini. El colectivo se detiene en un cartel que tiene una letra hache y dice Termini-Trastevere. El chofer señala le letra hache. Hache. Ácca. Hache: acca. Me cago en dios.
Cagar
abr 2012
*este post originalmente se público en baideguei.
Siempre fuí de cago veloz. Llegué incluso a elaborar una teoría que postulaba que mi cuerpo no contaba con tracto digestivo, y que por consiguiente, todo lo que comía bajaba raudamente como por una especie de tubo, que a diferencia del intestino, distaba mucho de ser retorcido y llegar a los queseyocuantos metros de largo. Mi tubo, según lo que la percepción de mi cuerpo me dictaba, era un ducto directo que iba de la boca al ano, sin intermediar ningún otro órgano en el proceso digestivo. Esta teoría del ducto boca-ano, adquiría mucho más seriedad cuando comía choclo, y los granos salían enteros, incrustados como espejitos amarillos, relucientes entre los soretes. Años más tarde supe que esta era una afección común que afectaba a muchas otras gentes.
Sin embargo, esta teoría no se apoyaba únicamente en falsas premisas, o en el único y triste hecho de no poder dedicar cinco minutos a leer en el inodoro, si no que tenía además otros varios síntomas, más o menos graves, pero que apoyaban mí teoría del no intestino.
A diferencia de gran parte de la humanidad, yo nunca necesite “mi inodoro”, siempre cagué donde la naturaleza me lo dictó: me fui de campamento un mes a la Patagonia Argentina, en época de lluvias, y cagué. De cuclillas en rincones oscuros, escuchando ruidos cercanos de insectos y animales que no conocía. Cagué. Temeroso tal vez de que una víbora me mordiera el culo, o tal vez de un insecto raro que me picara en las bolas, pero estos miedos nunca me prohibieron el acto de ir de cuerpo. Aun durante mi estadía de más de 20 días en la selva boliviana, cagué. Cuando mis compañeros de viaje, después de haber cenado pacumutu se retorcían del dolor con tal de no acercarse a la letrina, donde ya no se distinguía que era barro y que era mierda y el vaho era tan hediondo que ahuyentaba incluso a las moscas, yo asistía diariamente a mi comunión con la pacha mama. A dejar en ese pozo hediondo lo que mi cuerpo descartaba.
Con aquellos amigos que eligieron seguir viaje conmigo al Perú, recuerdo con emoción haber compartido largas noches de ceviche picante de corvina y botellas de pisco en el Oro Inca, un bar que frecuentábamos desde las siete de la tarde y hasta que Ismael, el dueño, mas borracho que nosotros, sacaba su escopeta de abajo del mostrador y amenazaba con volarnos la cabeza de un tiro. Recuerdo también el baño de aquel hostel de mala muerte, que se comunicaba directamente con la habitación -separados los ambientes únicamente por una cortina vieja de tela roja y verde- donde dejé parte de mi vida. Pero aun en esas madrugadas, cuando Dios castigaba mis peores resacas con diarreas asquerosas, estas eran evacuadas en ráfagas de mierda liquida que salían a velocidades tales que causaban olas en el agua del inodoro. En ese hostel de Perú, El Grial de Cuzco, perdí a varios de mis mejores compañeros de viaje, que nunca volvieron a dirigirme la palabra.
Por otra parte mis pedos -incluso los más feos- con una mezcla de olor a muerto de varios días y huevo duro podrido, nunca fueron ruidosos, propiedad que me permitió cagarme (en la acepción gaseosa del termino) libremente en casi cualquier ámbito, sin asumir las consecuencias, pero que también me hizo sufrir mi infancia, sin participar jamás de una competencia de pedos entre amigos, que al notar que yo era incapaz de hacer ruidos con el ano, se burlaron de mi durante años, utilizando los apodos más viles que jamás escuche. Algunos de ellos, que de grandes formaron el grupo con el que recorrimos América, perdieron para siempre el sentido del olfato. Creo que esa fue mi venganza por años de burlas.
También note desde chico, que nunca pasaban más de quince minutos entre el instante en que comía el último bocado, y el momento en que me despachaba lo ingerido en el baño. Esta situación, fue sin duda uno de los factores que permitió que mi cuerpo, obedeciendo a la naturaleza, sabia como es, no hiciera discriminación alguna a la hora de la caca.
A veces, esto que muchos creerán virtud, supo ser el peor de mis defectos. Nunca voy a olvidar la primera vez que fui a cenar a la casa de los padres de mi novia Adriana, que vivían en un piso siete de un edificio sobre la calle Lima, cerca del barrio de Constitución. El departamento, un 3 ambientes con dependencias, tenía un toilette chiquito pegado al living comedor. Me acuerdo que tenía un tragaluz que daba a la calle, y que se escuchaba cuando pasaba el 60, y también me acuerdo que el botón del inodoro no andaba y me di cuenta cuando ya era tarde. La madre de Adriana había preparado un pastel de papa y carne que estaba una maravilla, y yo repetí, para quedar bien. Pero a los 15 minutos tuve que pasar al toilette, y el tiempo fisiológico imperante no me permitió hacer las pruebas previas correspondientes. Es sabido que en baño ajeno, uno siempre debe chequear la existencia de papel higiénico suficiente, y la potencia del agua al tirar la cadena. Yo solo llegué a ver que había papel, y acto seguido cagué las dos porciones del pastel de papa que había comido, seguidas inmediatamente por la deposición de tres aceitunas y dos tomatitos cherry que había formado parte de la entrada del menú, y que salieron disparados como 5 balas de una metralleta a repetición, una tras otra. La cagada fue cuando la cagada, literalmente, se quedó ahí. Del inodoro salieron tres hilitos de agua que no se hubieran llevado ni una sola de aquellas pelotitas, y para colmo, el inodoro era uno de esos que tienen como una explanada donde queda la caca expuesta al aire en vez de hundirse en el agua, una especie de monumento alegórico erigido por tu cuerpo para recriminarte por haber cagado tan fiero.
Es sabido que el olor a mierda, cuando cae en un lugar seco y no es tapada por el agua, se disemina increíblemente rápido. Algo tenía que hacer, era la primera vez que iba a la casa de Adriana, sus padres, -los dueños de casa y mis inquisidores-, estaban ahí afuera, esperándome para el tiramisú de postre que Adriana con sus propias manos había preparado, y yo les había dejado un sorete marca cañón que resaltaba desde la explanada del inodoro bordo, que olía como la peor de las mierdas que jamás hayan olido, y que no se iba.
Sé que lo que hice no fue lo que se dice una buena decisión, admito mi error, más aun ahora que lo recuerdo a la distancia y que ya no se mas de la vida de Adriana. Pero tuve que actuar rápido, y lo único que encontré fue una bolsa de Carrefour. No sé si fue suerte o si esa noche el destino se apiado de mi. La cosa es que al primer intento de revoleo le atiné justo al traga luz y la bolsa tomo buena velocidad, cargada como iba con medio kilo de mierda.
El tiramisú no lo comí y Adriana nunca me lo perdonó. Cuando me fui, dos horas más tarde, encontré la bolsa de Carrefour explotada sobre el parabrisas de un Taunus naranja con techo vinílico, en la esquina de Lima y Carlos Calvo. La mierda había hecho un desastre digno de un museo, y la verdad, me sentí un poco orgulloso de mi obra.
Una placa
abr 2012
A la cancha la celeste, al boliche de la esquina, cerca del televisor. Alargando la o y desde su cadencia montevideana Jaime canta “cuando juega Uruguay”. Pero esta vez cerca del televisor puede cambiar, porque Uruguay juega la final de la Copa América 2011 en Buenos Aires. Eso queda acá nomas, cruzando el charco. Para mí, que ya estoy de este lado del charco, pero tengo un pedacito de corazón celeste, es más cerca todavía. Pero me confío tanto que llega el domingo 24 y no tengo entradas. Al boliche de la esquina, cerca del televisor.
Una hora antes que empiece el partido suena el celular. Es mi primo uruguayo, que dice que consigue entradas. O algo así.
Antes que termine la frase yo ya estoy arriba del auto y de camino al Monumental. Por suerte somos un país que consume futbol, cualquier futbol. Nos da más o menos lo mismo mirar un partido de la liga inglesa o uno de Ferro del 83. Lo que importa es que la pantalla sea predominantemente verde. Las calles están desiertas. Se juega la final de la Copa América. Uruguay y Paraguay. Tan desiertas que sin darme cuenta hago dos cuadras de contramano por Avenida Monroe, hasta que veo una ambulancia que se me viene encima y caigo en la cuenta. Doblo, casi nos perdemos el partido. Tengo el escudo de Nacional colgado en el retrovisor, todos deberían entender mi urgencia.
En el camino, mi primo que se llama Michel -porque es uruguayo y está bien que se llame raro- me explica que entradas, lo que se dice entradas, no tenemos. Pero que cuando lleguemos tenemos que llamar a un celular y preguntar por Peralta, que nos va a hacer entrar por la módica suma de 150 pesos.
Llegamos. Estaciono ni bien cruzamos Cabildo para no perder tiempo buscando lugar. Vamos al trote esquivando camisetas de todos los equipos uruguayos, paraguayos y brasileros. Los brasileros no se rien, caminan resignados a ver un partido que no les importa. Vinieron siendo campeones antes de jugar. Las agencias de turismo en Sao Paulo deben vender siempre sus paquetes con acceso a las finales, pero esta vez no. Caigo en el cliché mientras troto y mi cabeza canta tristeza nao tem fin.
Cuatro cuadras antes del estadio hacemos el llamado. Atiende Peralta y nos cita en Quinteros y Bavio, en cinco.
Quinteros es la callecita del boulevard que esta llegando a la cancha y está repleta de gente con entrada en mano. Brasileros, muchos brasileros con entrada en mano. La bronca que me da que ellos tengan entrada y yo no, desaparece cuando veo sus caras. Un partido que no les interesa. Tristeza nao tem fin.
Peralta está en la esquina, esperando entre la multitud. No nos dio ninguna seña, pero sabemos que es el. No puede ser otro. Nos presentamos y es. Claro que es. Esta con otro y nos invitan a que nos metamos una cuadra para adentro, que acá hay mucha gente. Mientras caminamos hasta la otra esquina, Peralta nos dice que no son mas cientocincuenta. Que ahora son trescientos, dice. Que tiene que acomodar más gente. Que este partido lo controla FIFA. Viste como es.
Regateamos pero Peralta conoce su oficio y nos saca los trescientos por cabeza. O al boliche de la esquina, pienso mientras pago.
Michel se va con el otro, y yo me quedo con el cabo primero Peralta, que enfila para otra puerta. Vos pegate atrás mío y mandate de una. No mires a nadie y mandate. Pasamos el primer vallado. Peralta apura el paso y pasamos el segundo vallado, ya estoy adentro. La pechera naranja de Peralta me evita la cola del molinete. Pasa Peralta y me frenan en seco.
El pibe está conmigo, le dice el Cabo a un hombre con una corbata azul que dice FIFA por todos lados. Hoy no, le contesta el secuaz de Blatter. Hoy manda la FIFA. Supongo que eso va a salir más caro, pero no hay caso. Manda la FIFA y no se tranza. O al menos no a un nivel que yo pueda pagar.
Peralta arranca para otra puerta. Y otra. Y otra más. Siempre se repite el cuento. La FIFA hoy parece incorruptible.
Lo que no sabe la FIFA es que con la Federal no se jode. Peralta se aleja del estadio un par de cuadras. Lo sigo hasta que frena y se pone a hablar con un agente. Desde los 3 metros que nos separan no los escucho. El volumen de la hinchada sube. El agente hace unos movimientos raros debajo del chaleco, desata nudos, se retuerce y tironea. Le da algo a Peralta.
Vamos, me dice el cabo. Tapate la camiseta con el buzo y colgate esto.
Ahora soy el agente Ramirez y tengo que apurarme porque el Subcomisario Chaluk, que tiene la primer bandeja, necesita más gente. Paso el vallado una vez más. Paso molinetes. Miro fijo al señor de FIFA. La placa brilla en mi pecho. A la cancha la celeste, a las páginas de gloria, escalón por escalón…
