Tan calma es la lluvia

Julio de 2003. Hace seis meses que soy el hijo de la señora que tiene cáncer terminal. La señora que come gorgojos por su vida. La señora que esta toda amarillita, que ya casi no camina. Estos seis meses mi casa fue la muerte. Literalmente. Primero hicimos todo lo que se podía hacer y lo que no también. Los médicos dijeron tratamiento paliativo. Dijeron desde su asepsia de yanoquedanadaporhacer que nos sentemos a ver como se muere la vieja. Nosotros los mandamos a cagar. Mamá primero se aferró a un Dios en el que nunca creí. Después se aferró a casi cualquier cosa. A la vida con uñas y dientes. Se negó a morirse. El uno de septiembre de 2003 se fue. Nos dijo que nos quería mucho y que nos cuidemos. A la madrugada hizo paro respiratorio y 20 minutos después se le detuvo para siempre el corazón. Dio pelea hasta el último segundo.

El médico del SAME, antes de atarle la mandíbula con un pañuelo y mientras guardaba el defibrilador, me dijo “tu vieja no se quería ir, la luchó todo lo que pudo. Ojala seas la mitad de fuerte de lo que fue ella”. Fundido a negro.

Septiembre de 2003. Hace 1 mes que soy el hermano de la nena a la que se le murió la mama. No vale llorar. Soy el hermano de. Soy el fuerte, el que se banca la que le toco. Me la aguanto. Las vecinas chusmas y las tías maquilladas en exceso dan fe de ello. Me abrazan y me dan palmaditas de compasión en la espalda. Nada. Creo que estoy muerto por dentro. No lloro. No siento. No me importa nada. Soy menos que un zombie.

 ***

Despierto todas las mañanas con una urna apoyada en un estante del living. Adentro esta mi vieja y el recuerdo que tengo de un ataúd entrando en un horno. Entre el recuerdo de mi vieja muriéndose y respirando bocanadas sin darse por vencida y el recuerdo del horno y el ataúd, solo tengo la imagen del volante del 504 de mi viejo a la madrugada, estacionado en la puerta de una sala velatoria en Pablo Nogues. Estoy sentado ahí, miro ese volante como pidiendo respuestas, veo pasar gente que no conozco, con una congoja que supongo falsa. No los vi los últimos seis meses, pero ahora estan todos aca, compungidos porque se murió, porque era tan joven. Los escucho decir que no iban a verla porque les hacia mal. Parece que los muertos no tienen tanto efecto nocivo como los moribundos.

***

Febrero 2004. Abro un cibercafé en la estación Grand Bourg del Belgrano, que es la que sigue a Nogues, que es donde vivió mi vieja gran parte de su vida.
Me tomo el tren todos los mediodías en Puente Saavedra y hago un viaje de 43 minutos. Por lo general viajo sentado de espaldas a la locomotora y me gusta ver pasar el camino como una película que se rebobina. Otras veces leo.

Un día, cualquier día, en la estación Padilla sube un hombre y se sienta enfrente mio. Me saluda cordialmente y me pregunta alguna cosa que no recuerdo y que en ese momento creo es por mera cordialidad, como quien habla del clima en un ascensor. Saco mi vista de la ventanilla y me meto otra vez en el libro de Pessoa que me regalo mi vieja en mi último cumpleaños. El hombre insiste: Tan calma es la lluvia que se suelta en el aire que parece que no es lluvia sino un susurrar que de si misma al susurrar se olvida, me larga como un vomito y de corrido las que siempre creí las mejores palabras de Pessoa. Me quedo helado. No puedo preguntar nada, no puedo responder, ni siquiera puedo decirle que se equivocó, que le faltó una parte. Sigue. Me dice que no extrañe tanto, que ella está bien, que ahora tengo que seguir adelante. Me dice que me apoye en la mujer que tengo al lado. Que ahora hay que seguir. Hay que seguir me dice, pero para seguir primero hay que empezar. Me pregunta que si creo en Dios. No. Dios no existe. Si. Está en todos lados. No. No existe. Bueno Gastón, sos un buen pibe. Fuerza y a seguir para adelante, tu mama no hubiese querido que te caigas.

Estación Pablo Nogues. El hombre se baja. Me dijo Gastón. ¿Cómo supo? Estoy paralizado en mi asiento. Desde la ventanilla mi mirada recorre el andén pero el ya no está.

No puedo moverme. No puedo. El tren arranca, pasan las estaciones, veo el camino en rewind y es un camino que no conozco. Villa Rosa, final del recorrido. Sigo paralizado. Empieza a llover. Es una lluvia idiota, una garua apenas.

Abro el libro:

No aletea viento, no hay cielo que yo sienta.
Llueve distante e indistintamente,
como una cosa cierta que nos mienta,
como un gran deseo que nos miente.
Llueve. Nada en mí siente…

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12 pensamientos en “Tan calma es la lluvia

  1. Tonga, admiro tu capacidad de hablar del dolor con tanto amor, con todo el respeto. Cuánto homenaje! Gracias por ofrecer tu corazón. Un cariño

  2. Pingback: Abrigate que hace frío « TONGA

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