Una placa

A la cancha la celeste, al boliche de la esquina, cerca del televisor. Alargando la o y desde su cadencia montevideana Jaime canta “cuando juega Uruguay”. Pero esta vez cerca del televisor puede cambiar, porque Uruguay juega la final de la Copa América 2011 en Buenos Aires. Eso queda acá nomas, cruzando el charco. Para mí, que ya estoy de este lado del charco, pero tengo un pedacito de corazón celeste, es más cerca todavía. Pero me confío tanto que llega el domingo 24 y no tengo entradas. Al boliche de la esquina, cerca del televisor.

Una hora antes que empiece el partido suena el celular. Es mi primo uruguayo, que dice que consigue entradas. O algo así.

Antes que termine la frase yo ya estoy arriba del auto y de camino al Monumental. Por suerte somos un país que consume futbol, cualquier futbol. Nos da más o menos lo mismo mirar un partido de la liga inglesa o uno de Ferro del 83. Lo que importa es que la pantalla sea predominantemente verde. Las calles están desiertas. Se juega la final de la Copa América. Uruguay y Paraguay. Tan desiertas que sin darme cuenta hago dos cuadras de contramano por Avenida Monroe, hasta que veo una ambulancia que se me viene encima y caigo en la cuenta. Doblo, casi nos perdemos el partido. Tengo el escudo de Nacional colgado en el retrovisor, todos deberían entender mi urgencia.

En el camino, mi primo que se llama Michel -porque es uruguayo y está bien que se llame raro- me explica que entradas, lo que se dice entradas, no tenemos. Pero que cuando lleguemos tenemos que llamar a un celular y preguntar por Peralta, que nos va a hacer entrar por la módica suma de 150 pesos.

Llegamos. Estaciono ni bien cruzamos Cabildo para no perder tiempo buscando lugar. Vamos al trote esquivando camisetas de todos los equipos uruguayos, paraguayos y brasileros. Los brasileros no se rien, caminan resignados a ver un partido que no les importa. Vinieron siendo campeones antes de jugar. Las agencias de turismo en Sao Paulo deben vender siempre sus paquetes con acceso a las finales, pero esta vez no. Caigo en el cliché mientras troto y mi cabeza canta tristeza nao tem fin.

Cuatro cuadras antes del estadio hacemos el llamado. Atiende Peralta y nos cita en Quinteros y Bavio, en cinco.

Quinteros es la callecita del boulevard que esta llegando a la cancha y está repleta de gente con entrada en mano. Brasileros, muchos brasileros con entrada en mano. La bronca que me da que ellos tengan entrada y yo no, desaparece cuando veo sus caras. Un partido que no les interesa. Tristeza nao tem fin.

Peralta está en la esquina, esperando entre la multitud. No nos dio ninguna seña, pero sabemos que es el. No puede ser otro. Nos presentamos y es. Claro que es. Esta con otro y nos invitan a que nos metamos una cuadra para adentro, que acá hay mucha gente. Mientras caminamos hasta la otra esquina, Peralta nos dice que no son mas cientocincuenta. Que ahora son trescientos, dice. Que tiene que acomodar más gente. Que este partido lo controla FIFA. Viste como es.

Regateamos pero Peralta conoce su oficio y nos saca los trescientos por cabeza. O al boliche de la esquina, pienso mientras pago.

Michel se va con el otro, y yo me quedo con el cabo primero Peralta, que enfila para otra puerta. Vos pegate atrás mío y mandate de una. No mires a nadie y mandate. Pasamos el primer vallado. Peralta apura el paso y pasamos el segundo vallado, ya estoy adentro. La pechera naranja de Peralta me evita la cola del molinete. Pasa Peralta y me frenan en seco.

El pibe está conmigo, le dice el Cabo a un hombre con una corbata azul que dice FIFA por todos lados. Hoy no, le contesta el secuaz de Blatter. Hoy manda la FIFA. Supongo que eso va a salir más caro, pero no hay caso. Manda la FIFA y no se tranza. O al menos no a un nivel que yo pueda pagar.

Peralta arranca para otra puerta.  Y otra. Y otra más. Siempre se repite el cuento. La FIFA hoy parece incorruptible.

Lo que no sabe la FIFA es que con la Federal no se jode. Peralta se aleja del estadio un par de cuadras. Lo sigo hasta que frena y se pone a hablar con un agente. Desde los 3 metros que nos separan no los escucho. El volumen de la hinchada sube. El agente hace unos movimientos raros debajo del chaleco, desata nudos, se retuerce y tironea. Le da algo a Peralta.

Vamos, me dice el cabo. Tapate la camiseta con el buzo y colgate esto.

Ahora soy el agente Ramirez y tengo que apurarme porque el Subcomisario Chaluk, que tiene la primer bandeja, necesita más gente. Paso el vallado una vez más. Paso molinetes. Miro fijo al señor de FIFA. La placa brilla en mi pecho. A la cancha la celeste, a las páginas de gloria, escalón por escalón…

7 pensamientos en “Una placa

  1. fui a ese partido, el destino quizo que me tocara del lado paraguayo, aun recuerdo esa noche a las 12 00 de la madrugada apretando f5 para poder comprar las entradas con todas las ilusiones x via del “vieja escuela” ticketek, y bue ni hablar de tener para 3 y 4to puesto y final y ver peru venezuela y paraguay uruguay, lindo volver en el subte con los uruguayos y explicarles como llegar al obelisco, y el clasico una semana antes sabes donde te mandaba no……

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