Cagar

*este post originalmente se público en baideguei.

Siempre fuí de cago veloz. Llegué incluso a elaborar una teoría que postulaba que mi cuerpo no contaba con tracto digestivo, y que por consiguiente, todo lo que comía bajaba raudamente como por una especie de tubo, que a diferencia del intestino, distaba mucho de ser retorcido y llegar a los queseyocuantos metros de largo. Mi tubo, según lo que la percepción de mi cuerpo me dictaba, era un ducto directo que iba de la  boca al ano, sin intermediar ningún otro órgano en el proceso digestivo. Esta teoría del ducto boca-ano, adquiría mucho más seriedad cuando comía choclo, y los granos salían enteros, incrustados como espejitos amarillos, relucientes entre los soretes. Años más tarde supe que esta era una afección común que afectaba a muchas otras gentes.

Sin embargo, esta teoría no se apoyaba únicamente en falsas premisas, o en el único y triste hecho de no poder dedicar cinco minutos a leer en el inodoro, si no que tenía además otros varios síntomas, más o menos graves, pero que apoyaban mí teoría del no intestino.

A diferencia de gran parte de la humanidad, yo nunca necesite “mi inodoro”, siempre cagué donde la naturaleza me lo dictó: me fui de campamento un mes a la Patagonia Argentina, en época de lluvias, y cagué. De cuclillas en rincones oscuros, escuchando ruidos cercanos de insectos y animales que no conocía. Cagué. Temeroso tal vez de que una víbora me mordiera el culo, o tal vez de un insecto raro que me picara en las bolas, pero estos miedos nunca me prohibieron el acto de ir de cuerpo. Aun durante mi estadía de más de 20 días en la selva boliviana, cagué. Cuando mis compañeros de viaje, después de haber cenado pacumutu se retorcían del dolor con tal de no acercarse a la letrina, donde ya no se distinguía que era barro y que era mierda y el vaho era tan hediondo que ahuyentaba incluso a las moscas, yo asistía diariamente a mi comunión con la pacha mama. A dejar en ese pozo hediondo lo que mi cuerpo descartaba.

Con aquellos amigos que eligieron seguir viaje conmigo al Perú, recuerdo con emoción haber compartido largas noches de ceviche picante de corvina y botellas de pisco en el Oro Inca, un bar que frecuentábamos desde las siete de la tarde y hasta que Ismael, el dueño, mas borracho que nosotros, sacaba su escopeta de abajo del mostrador y amenazaba con volarnos la cabeza de un tiro. Recuerdo también el baño de aquel hostel de mala muerte, que se comunicaba directamente con la habitación -separados los ambientes únicamente por una cortina vieja de tela roja y verde- donde dejé parte de mi vida. Pero aun en esas madrugadas, cuando Dios castigaba mis peores resacas con diarreas asquerosas, estas eran evacuadas en ráfagas de mierda liquida que salían a velocidades tales que causaban olas en el agua del inodoro. En ese hostel de Perú, El Grial de Cuzco, perdí a varios de mis mejores compañeros de viaje, que nunca volvieron a dirigirme la palabra.

Por otra parte mis pedos -incluso los más feos- con una mezcla de olor a muerto de varios días y huevo duro podrido, nunca fueron ruidosos, propiedad que me permitió cagarme (en la acepción gaseosa del termino) libremente en casi cualquier ámbito, sin asumir las consecuencias, pero que también me hizo sufrir mi infancia, sin participar jamás de una competencia de pedos entre amigos, que al notar que yo era incapaz de hacer ruidos con el ano, se burlaron de mi durante años, utilizando los apodos más viles que jamás escuche. Algunos de ellos, que de grandes formaron el grupo con el que recorrimos América, perdieron para siempre el sentido del olfato. Creo que esa fue mi venganza por años de burlas.

También note desde chico, que nunca pasaban más de quince minutos entre el instante en que comía el último bocado, y el momento en que me despachaba lo ingerido en el baño. Esta situación, fue sin duda uno de los factores que permitió que mi cuerpo, obedeciendo a la naturaleza, sabia como es, no hiciera discriminación alguna a la hora de la caca.

A veces, esto que muchos creerán virtud, supo ser el peor de mis defectos. Nunca voy a olvidar la primera vez que fui a cenar a la casa de los padres de mi novia Adriana, que vivían en un piso siete de un edificio sobre la calle Lima, cerca del barrio de Constitución. El departamento, un 3 ambientes con dependencias, tenía un toilette chiquito pegado al living comedor. Me acuerdo que tenía un tragaluz que daba a la calle, y que se escuchaba cuando pasaba el 60, y también me acuerdo que el botón del inodoro no andaba y me di cuenta cuando ya era tarde. La madre de Adriana había preparado un pastel de papa y carne que estaba una maravilla, y yo repetí, para quedar bien. Pero a los 15 minutos tuve que pasar al toilette, y el tiempo fisiológico imperante no me permitió hacer las pruebas previas correspondientes. Es sabido que en baño ajeno, uno siempre debe chequear la existencia de papel higiénico suficiente, y la potencia del agua al tirar la cadena. Yo solo llegué a ver que había papel, y acto seguido cagué las dos porciones del pastel de papa que había comido, seguidas inmediatamente por la deposición de tres aceitunas y  dos tomatitos cherry que había formado parte de la entrada del menú, y que salieron disparados como 5 balas de una metralleta a repetición, una tras otra. La cagada fue cuando la cagada, literalmente, se quedó ahí. Del inodoro salieron tres hilitos de agua que no se hubieran llevado ni una sola de aquellas pelotitas, y para colmo, el inodoro era uno de esos que tienen como una explanada donde queda la caca expuesta al aire en vez de hundirse en el agua, una especie de monumento alegórico erigido por tu cuerpo para recriminarte por haber cagado tan fiero.

Es sabido que el olor a mierda, cuando cae en un lugar seco y no es tapada por el agua, se disemina increíblemente rápido. Algo tenía que hacer, era la primera vez que iba a la casa de Adriana, sus padres, -los dueños de casa y mis inquisidores-, estaban ahí afuera, esperándome para el tiramisú de postre que Adriana con sus propias manos había preparado, y yo les había dejado un sorete marca cañón que resaltaba desde la explanada del inodoro bordo, que olía como la peor de las mierdas que jamás hayan olido, y que no se iba.

Sé que lo que hice no fue lo que se dice una buena decisión, admito mi error, más aun ahora que lo recuerdo a la distancia y que ya no se mas de la vida de Adriana. Pero tuve que actuar rápido, y lo único que encontré fue una bolsa de Carrefour. No sé si fue suerte o si esa noche el destino se apiado de mi. La cosa es que al primer intento de revoleo le atiné justo al traga luz y la bolsa tomo buena velocidad, cargada como iba con medio kilo de mierda.

El tiramisú no lo comí y Adriana nunca me lo perdonó. Cuando me fui, dos horas más tarde, encontré la bolsa de Carrefour explotada sobre el parabrisas de un Taunus naranja con techo vinílico, en la esquina de Lima y Carlos Calvo. La mierda había hecho un desastre digno de un museo, y la verdad, me sentí un poco orgulloso de mi obra.

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8 pensamientos en “Cagar

  1. CON POCOS POST EN LA HISTORIA ME SENTÍ TAN IDENTIFICADO… PARECE UNA VENTAJA CON TANTA GENTE HABLANDO DE SU TRANSITO LENTO… PERO HAY MOMENTOS EN QUE SE CONVIERTE EN UN VERDADERO DRAMA…

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