El amor también puede ser un vómito

Cuando tenía 20 años iba a bailar a un boliche que quedaba en la calle Arcos y se llamaba Los Cabos. No tenía nada de bueno. Era un cuadrado feo, pintado con colores de mierda, donde sonaba una música que no me gustaba. Pero iban mis amigos y entraba gratis casi todos los fines de semana. Así que iba. Nunca bailaba, casi nunca hablaba con chicas, y por lo general pasaba la noche tomando cuba libre hecho con algún ron barato. Bailar no bailaba porque nunca me salió bien ni me interesó hacerlo y porque la música no me gustaba. Tampoco es que lo hubiese hecho si me pasaban “Beyond the sea” por Bobby Darin, pero al menos me lo hubiese planteado. Lo de hablar con chicas nunca me salió. Nunca pude entender cómo funciona eso. ¿Porqué un tipo pregunta alguna boludez incoherente esperando una sonrisa cómplice?, ¿porqué mierda una mina responde cuando le preguntan de qué signo es, o a que se dedica, o si viene siempre a este tugurio?

Quizas, el problema era que no sabía hacer las preguntas correctas y por eso siempre terminaba esperando el 60 solo. Cruzando cagado de frio el puente de Superí a las 6 de la mañana. Desayunando la pizza fría de la noche anterior.

Hay una noche que no me puedo borrar de la memoria y que cada tanto vuelve a mí como una cachetada del pasado. Serían las tres de la mañana cuando la vi. Estaba sentada sola en uno de los sillones ubicados cercanos a la puerta y debajo de la escalera. Creo que tenia rulos, y eso es todo lo que recuerdo de su imagen. No sé qué le dije ni como conseguí el valor para hablarle, pero me acuerdo que me acerque y ella tenía un trago celeste en la mano, lo tomaba de a sorbos cortitos y yo sentía en su aliento la piña colada. Hablamos por horas, hablamos mientras veía a mis amigos robar besos sin sentido y seguimos hablando entre mis cubaslibres y sus tragos celestes, que después supe que se llamaban esperma de pitufo. La lucidez del ser humano que invento tan original nombre me sigue consternando.

Promediando las dos horas de charla, comprendí que era una idiota. Si no lo había notado antes seguramente era porque estaba bastante buena, pero en ese momento lo supe. Era una idiota. Lo supe y no me molesto, al final de cuentas, de cualquier forma hubiese estado en ese lugar y  bebido la misma cantidad de alcohol, pero me habría arrepentido de no hablarle y seguramente habría pensado en ello entredormido y solo, arriba del 60, esperando pasar la cancha de Platense para bajarme en Superí. Dos horas de charlar de cualquier cosa, de preguntarle de que signo era (que de Aries) y a que se dedicaba (que estudiaba diseño) y con quien había venido (que con unas amigas pero se habían ido). Eso último era la entrada al beso, pero yo no lo sabía, o me daba vergüenza, o las dos cosas, asi que pasaron varias oraciones mas antes del beso. Y después el beso, y casi enseguida el estoy mareada y las risitas, y un segundo después el vómito intempestivo y celeste, caliente y con olor a vicio y salchichas de copetín. El vómito con pedacitos de jamón sobre mi brazo salpicando mi cara. El vómito horrible y mi pelea conmigo por saber qué hacer en esa situación. El vómito y mi conciencia carcomiéndose de la duda. El vómito, horrible y frio en la tela de mi remera pegada a mi piel mientras espero el 60, solo y cagado de frio, para bajarme en Superí y cruzar el puente.

Después de eso uno entiende muchas cosas. Cuando esperas un bondi, cagado de frio y lleno de vómito ajeno en la madrugada de un domingo cualquiera estas explicándole cosas a tu futuro. En ese momento no lo sabes, en ese instante lo único que podes procesar es la imagen de esa hija de puta vomitándote celeste. La odias. Antes era nadie, pero ahora la odias más que a cualquier otra cosa. El olor a vómito te cala el cerebro. Te inunda de odio desde las fosas nasales. Pasan los años y nunca te olvidas de esa imagen. De esa noche haciéndose día mientras esperas un colectivo en Luis Maria Campos. En ese momento crees que para siempre vas a odiarlo, que cada vez que recuerdes ese vómito el alma se te va a amargar; pero una noche, muchos años, muchísimos años después, son las tres de la mañana otra vez, hace frio otra vez, hace mucho frio y ella toma de a sorbos largos su bebida y vos le acaricias el pelo, ella termina su bebida y le das un beso en la mejilla y ella te mira, no dice nada pero te mira y sus ojos te hablan. Sabes lo que va a pasar y no te importa. Sentís que viene, sentís el olor y un segundo después el calor te inunda el pecho, es un vómito ajeno y blanco. Un vómito de leche y arroz y mandarina que te chorrea por el pecho. Te sacas la remera y volves a abrazar a tu hija, que se siente mal y vomita y te mira pidiendo que la abraces, y entendes que hace muchos años, una noche de frio, habías entendido todo.

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6 pensamientos en “El amor también puede ser un vómito

  1. Impresionante, maestro. Juro que mis ideas iban para otro lado pero me trajiste de un cachetazo a tu realidad. Chapeau.

  2. Pingback: Abrigate que hace frío « TONGA

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