Gobernador Maciá

Lázaro Enrique dejó Gobernador Maciá un uno de enero. Medio borracho salió a la ruta y se sentó en la banquina, dejando atrás los estruendos de petardos que recibían un nuevo año y soñando un futuro en Buenos Aires. Ese mismo día, un camión que llevaba ladrillos lo dejó en Panamericana y 197. Lazaro preguntó cómo llegar a Constitución y los borrachos del uno de enero se le rieron. Un playero le indico que colectivo tomar, pero Lázaro no traía plata. Desde Panamericana y 197 caminó un día entero y llego a Constitución, cansado, famélico y con un papelito arrugado en el bolsillo del jean que decía Estados Unidos 1243.

Cuando le explicaron que había pasado por allí y tenía que volver algunas cuadras sobre sus pasos, Lázaro agradeció, dio la vuelta y siguió caminando. En la pensión de Estados Unidos 1243 lo esperaba Eugenio, que le había dejado ese papelito arriba de la mesa de la cocina en la casa de Maciá unos meses antes, en su última visita.

Eugenio trabajaba tirando cables de fibra óptica por las veredas destrozadas de Buenos Aires. Lázaro hacia de changarin en Maciá y se vino a probar suerte, con la esperanza de poder trabajar con Eugenio. Y así fue. El martes siguiente, Lázaro ya usaba un overol azul con el logo de Telecom y se hundía en las veredas porteñas, tirando fuerte de las guías hasta ver aparecer las puntas de las fibras. Un par de meses después me uní a Eugenio y a Lázaro, y trabajé con ellos, primero tirando fibras en la calle, y más tarde tirando cables de datos en las oficinas. Por lo general eran trabajos que se hacían de noche, y nos cagabamos de risa haciéndolos. Los caños angostos y los cables gruesos envaselinados dejaban a la mano el chiste fácil. Laburabamos de noche, sin nadie molestando, con la cumbia sonando al palo, y nos pagaban por eso. Al año Eugenio se volvió a Macía porque uno de sus hijos se había enfermado, y en reemplazo vino Pato, el hermano de Lazaro. A veces trabajábamos 72 horas de corrido, sin darnos cuenta del paso del tiempo. Entregábamos obras en las que otras cuadrillas tardaban semanas en menos de 4 días.

Lázaro y Pato me mostraron una ciudad que yo no conocía. Una Buenos Aires que los porteños no sabemos que existe. Una ciudad adentro de la ciudad, escondida atrás de puertas ínfimas, donde suena otra música y se comen otras comidas. Ahí, en esa ciudad, Lázaro se enamoró de Vero y a los dos meses se fueron a vivir juntos, en una pieza más grande de Estados Unidos 1243. Nos iba bien. Lázaro y Pato mantenían a sus hermanos menores en Maciá, viajaban casi todos los fines de semana, y siempre insistían en llevarme. Yo nunca fui.

Laburamos juntos dos años, hasta que la cosa empezó a flaquear. Pato se puso un localcito donde vendía chombas truchas de Lacoste. Yo me puse a estudiar, y trabajaba instalando centrales telefónicas. Cada tanto, en alguna instalación me cruzaba con Lázaro , que fue el único de los tres que se quedó tirando cables. El era feliz con eso y no necesitaba más. Laburaba cuando quería, la guita le alcanzaba y vivía con Vero. Era un tipo feliz.

Cada tanto nos juntábamos a comer los tres en el Paulin o en alguna parrillita por Retiro y nos reíamos de los viejos tiempos, de las noches enteras sin pegar un ojo, tirando cables y cagándonos de risa de cualquier cosa. Cantando canciones de Los Palmeras a todo volumen.

Después nos empezamos a distanciar. Pato laburaba mucho, yo cursaba hasta tarde y Lázaro trabajaba con sus horarios que ahora eran raros para mi, y cuando no trabajaba, estaba con Vero.

Un día cualquiera sonó el teléfono y era Pato. Le respondí como siempre, mandándolo a la concha de todas sus hermanas en lugar de decir hola. Siempre me respondía algo divertido, pero ese día se quedo callado y supe que pasaba algo. No hablé. Por un minuto todo fue una respiración pastosa, un aire viciado saliendo por los agujeritos del parlante y después, desde el silencio oscuro la voz de Pato: Tonga, Lacho se colgó.

No pude responder. Corte como un cobarde. Un cagón que no sabe que decir y escapa, un cagón que deja a su amigo tirado y solo, al costado de quien sabe que banquina, con un teléfono en la cara diciendo que Lacho se colgó. Susurrando desde una oscuridad que solo puede ser la muerte que su hermano se colgó. Salgo de casa y corro con las tres palabras de Pato haciéndome eco en la cabeza: Lacho-se-colgó. Camino troto corro grito lloro puteo y en el puente de Superí me quedo suspendido. Miro desde el filtro de los ojos borrosos las luces rojas y blancas de los autos que vienen y van por la General Paz. Lacho-se-colgó. Esta vez tampoco voy a Maciá. Para mí, Maciá es Lacho, y si voy a ver como se queda para siempre en un cajón debajo de la tierra en un cementerio de mierda en un pueblo de mierda lejos de mi, lejos de un sanguche en el Paulin, lejos de una pizza de Ugis en Plaza San Martin, mejor no. Mejor me quedo acá. Lacho es mi amigo que me colaba cervezas adentro de las cajas de cable. Lacho es el hermano de Pato. Es cualquiera menos uno que está colgando en una habitación fría de Constitución. Cualquiera menos uno que se acaba de colgar con un pedazo de fibra óptica y una carta breve que solo dice:

“Vero, si no es con vos no quiero estar con nadie. Me vuelvo a Maciá.”

10 pensamientos en “Gobernador Maciá

  1. Sí, decididamente tiene un gusto importante por cagarnos a palos. Pero escribe bien el guacho y uno se engancha

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