La toalla

San Clemente del Tuyú. Pocos lugares puedan sonar menos intrépidos que San Clemente del Tuyú. Casa de Mundo Marino. Hogar de las playas de mierda con vientos infinitos y agua helada. ¿Cómo mierda fue que no se nos ocurrió algo mejor que San Clemente del Tuyú? Decí que teníamos dieciséis años. Cuando tenés dieciséis años y vislumbrás la posibilidad de irte de vacaciones con amigos, la chance de escaparte de tu viejo haciéndote cargar heladeritas y sombrillas multicolores hasta la playa, cualquier cosa está bien. Incluso San Clemente del Tuyú.
Los viejos de Sergio nos dejaron en la medianoche porteña de Retiro. Nosotros tres y nuestras mochilas, con bolsas de dormir y carpa canadiense incluída. Sergio y yo teníamos ya algunos campamentos en el haber, pero para Juan esto era todo novedad. Nos subimos excitados a un semicama con destino Mar del Plata y paradas intermedias y no dormimos en todo el viaje. Escuchamos música con walkman, rebobinamos cassetes con BICs, jugamos a las cartas, nos tiramos pedos para el deleite del público familiar, llegamos a San Clemente del Tuyú. Cinco de la mañana.
Si algo puede ser más deprimente que San Clemente del Tuyú, es San Clemente del Tuyú a las cinco de la mañana de un día nublado. Pero es el primer dia de tus primeras vacaciones solo. Con tus amigos. Sin tu familia. Nada puede arruinarlo. Caminamos las cuadras que separan la terminal del camping mientras empieza a clarear. Dejamos los bártulos tirados en la parcela que nos toca, en ese pedazo de tierra que será nuestra casa los próximos quince días, y huímos. La playa nos espera. La costa atlántica fria y nublada y con una arena de mierda. El olor a pescado muerto y marea baja. Los vasos plásticos que van y vienen con las olitas que rompen como un recuerdo de la noche anterior que no se quiere borrar. Al rato estamos de vuelta en el camping, tomando mate  y armando la carpa. Desde nuestra inocencia planeamos al detalle cada movimiento, cada posible suceso y desenlace. Nos ponemos de acuerdo en lo fundamental: es nuestro primer día, sabemos que vamos a ganar. Tarde o temprano uno de nosotros va a hacer algo que nos haga memorable el verano. La contraseña es una toalla. Una toalla secándose sobre el techo a dos aguas de la carpa canadiense naranja. La noche que volvamos separados y una toalla corone el sobretecho de nuestro hogar temporal, esa noche sabremos que dentro de la carpa uno de los tres disfruta de la gloria del sexo casual de verano, y como compañeros de aventura, esa noche cederemos el espacio, dormiremos en el piso y seremos picados por toda clase de insectos mientras aguardamos sobre la hojarasca del bosque Clementino la salida del sol, orgullosos de nuestro amigo, felices de saber que su cuerpo y el de esa desconocida se mezclan, se funden en un solo cuerpo y transpiran la gloria del amor fortuito sobre nuestras  bolsas de dormir.
Noche tras noche fuimos juntos al mismo boliche y juntos regresamos. Nos acostamos uno junto al otro y nos dormimos respirando nuestras primeras borracheras condensadas en el triángulo de tela. Noche tras noche recordamos que una noche volveríamos separados, y recordamos sin vencernos que una toalla coronaría nuestro éxito. Y esa noche llegó sobre el final, como casi todo lo bueno.
Fue el sábado. Ella no era gran cosa pero habíamos visto cómo Juan le dedicó toda la noche, así que valía. Además, era el único que estaba a punto de usar la toalla, y a esta altura, era una cuestión de principios y no importaba mucho con quién. A las 4 de la mañana no lo vimos mas y desde nuestra luzeres nos alegramos mucho. Bebimos en su nombre, hicimos tiempo como pudimos y finalmente, cerca de las seis de la mañana, volvimos al camping.
La Toalla indicaba la gloria. Hubiésemos sacado una foto pero la cámara estaba adentro, asi que nos tiramos en el piso y nos quedamos dormidos por un rato. A las nueve el sol nos despertó, y mientras armábamos un mate decidimos que ya estaba bien, que una cosa era haber logrado el objetivo, y otra muy distinta abusar de la confianza. Golpeamos la lona de la puerta, movimos los parantes de la carpa, esperamos escuchar algún sonido gutural desde el interior, pero nada. Teníamos que abrir. Teníamos que tomar la decisión y abrir la carpa. A los dieciséis años la idea de ver una mina en bolas vende bien. El problema era el contexto, no saber en qué condiciones encontraríamos la escena, el desconocimiento nos abrumaba. ¿Y si abríamos y estaba Juan en pelotas? Yo no quería terminar mis primeras vacaciones viendo el culo peludo de Juan; mucho menos la garcha de Juan, sus huevos peludos colgando entre sus piernas abiertas. Pensar eso me paralizaba.
Por otro lado, adentro había una mina. Una mina en bolas. Garchada por Juan, tal vez con un lechazo de Juan, pero  una mina en bolas al fin y al cabo. Abrimos de un saque el cierre. Nada. Ni un sonido. Las dos telas que hacen de puerta se mueven apenas con el viento pero no alcanzámos a ver el interior. Sergio descorre ambas de un solo movimiento y el triángulo queda abierto de par en par. El telón levantado para ver la función, sin medias tintas. Y ahí está Juan, despatarrado y despierto, sobre las tres bolsas, ocupando toda la carpa y con esa cara de quien decidió remolonear hasta el mediodia y acaba de sorprenderse con el resplandor del día. Sergio y yo lo miramos fijo y en silencio. Juan en una sola frase y con la boca todavía pastosa nos pide un mate y nos dice que dormir con nosotros es una mierda, que no saben cómo extrañaba dormir solo.

3 pensamientos en “La toalla

  1. Aunque la historia real fue algo distinta, me encantó! Después de todo, quién sabe qué es real y qué no? Para mí ahora pasó como vos lo escribiste. Muy bueno Gastón!

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