Un ring de boxeo

Un hostel en Ciudad Vieja. Habitación de seis. Tres camas cuchetas dispuestas en forma de U. Somos nosotros, dos brasileras y un alemán que viajan juntos, y una francesa cincuentona, sola. Parece que estoy empezando un chiste malo: ¿Qué hacen dos brasileras, un alemán y una francesa en un hostel?

Ponele que son las dos de la mañana. Ronquidos y vaho a pedo de grappamiel. Y también vaho a pedo, a secas. La cucheta que vendría a formar la pancita de la U tiene una sábana que cuelga a modo de cortina cubriendo la cama inferior. La cabecera y los pies de la misma quedan cubiertas por sendas paredes de la habitación. Inequívoca señal de guerra. En las dos camas inferiores de las cuchetas restantes duermen la francesa y una brasilera, la más buena de las dos. Al menos el alemán no se está cogiendo a la cincuentona cuasi coterránea. Se coge a la brasuca. No es la que está buena buena, pero es una brasilera al fin y al cabo, y el alemán un alemán. ¿Qué otra cosa puede querer el amigo teutón en estas tierras? Mi cerebro relata la situación desde el baño. Me cepillo los dientes con la puerta abierta para no perder distancia de la situación y me imagino relatando el hecho. Soy un Osvaldo Príncipi que relata efusivo la contienda:
“Meta y ponga el germano ajetrea la fragilidad de la cucheta, o quizás sea el movimiento de la carioca lo que estremece las frágiles patas de la misma que rechina de a ratos como pidiendo auxilio. No hay árbitros ni sparrings. Son sólo ellos en ese ring privado pero no tanto que les concede una sábana. Dos continentes cogiéndose en el silencio de la noche montevideana. Un jadeo casi mudo de ella, una respiración apenas perceptible la de él.”
Nos acostamos, pero nadie duerme hasta que un grito enmudecido, un solo gemido que parece la voz de ambos, el aire exhalado en el momento exacto del acabar teutón, la coincidencia mágica del arqueo orgásmico y sincero de la espalda verdeamarela, el olor incómodo del orgasmo ajeno e interoceánico nos indica que ahora sí, que el traquetear de la cabecera de pino sobre la pared acabó, que llega el silencio y debemos dormir. Que cuando todo esté oscuro y quieto el alemán subirá a su cucheta y otra vez saldrá el sol, pero ya no serán los mismos.

Oscuridad. Silencio. Sol que se cuela por las rendijas de una persiana que no termina de cerrar y el olor a café negro inundando las habitaciones. Me despierto y arrastro a duras penas los pies dormidos hasta la mesa larga de tostadas-jamón-queso-manteca-frutas y yogur. Ya están ahí. Destrozan tostadas y bananas y café negro casi en simultáneo. La brasilera menos linda se acomoda, carga agua fresca del dispenser mientras el alemán y la brasilera linda hablan en una especie de portuglés. Marcan su mapita de turistas: Feria de Tristán y almuerzo en el Puerto. Bajan las escaleras del hostel camino a la calle. La mano teutona rodea la cintura de la carioca bonita. Los dedos de ella comprueban la dureza de los glúteos de él. Desde atrás, la carioca que anoche tuvo fiesta mira la escena. Príncipi se me cuela otra vez en la cabeza y declara el knock out técnico.

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