Los adelantados

A mí que no me vengan a hablar de Napster. En 1993 Internet aún no había desembarcado en nuestros hogares y yo ya empezaba a tener algunas preferencias musicales, difíciles de costear con 13 años. Fue por esa época cuando comencé a grabar la música que me gustaba y pasaban en las radios, y cuando empecé a borrar los cassetes que mi viejo se hacía traer con temas de Los Olimareños o Zitarrosa desde el paisito. A mi viejo le mandaban todo en TDKs de 90 minutos que yo usaba para grabar temas de la radio, en un trabajo finísimo y artesanal que consistía en comenzar a grabar cuando el locutor, ya empezado el tema, pisaba por algunos segundos la intro hasta que empezaba la letra de la canción. Los locutores tienen una enfermedad congénita cuyo principal síntoma es el hecho de pensar que las canciones no tienen introducción y sólo empiezan cuando el cantante lanza la primer estrofa. La gimnasia consistía en grabar desde unos segundos antes y hasta unos segundos después de terminada la canción, rebobinar la cinta justo hasta el segundo previo a la locución, y comenzar a grabar el próximo tema desde allí. Una vez grabados los dos temas, se volvía a rebobinar hasta la intersección de los mismos, y se borraban los segundos de cinta donde salía la locución, logrando un par de segundos de silencio entre un tema y el siguiente.

Después hacíamos el arte de tapa, anotando tema por tema en el cartoncito del TDK y poniéndole algún título interesante en el lomo, como “Compilado para tranzar” o “Lo mejor del Rock nacional”.

Pero eso lo hacían todos y no era radical. Nosotros además de escuchar buena música, además de no tener que comernos todo el “use your illusion” para poder bailar “November Rain” con la chica que nos gustaba, queríamos derrocar a una industria discográfica que empezaba a colmar los estantes con compact discs. Disquitos que por un lado venían a resolver parte de nuestros problemas, que traían la solución mágica en forma de tracks por los que se podía ir y volver, sin rebobinar ni adelantar; pero disquitos que costaban fortunas, que eran inaccesibles para un preadolescente que le borraba los TDK al padre.

La epifanía llegó una tarde de sábado. Piki había vuelto del Carrefour Vicente López, adonde casi todas nuestras familias realizaban las compras, y contó:

“Mi vieja estaba eligiendo unas plantas en el vivero, que es una parte del Carrefour que está pegada al estacionamiento, y yo vi cómo el sol se colaba en una rendija entre el piso, que en ese sector es del mismo asfalto que la playa, y la pared, que en realidad es un alambrado con una media sombra.”

Esa rendija era todo, era la herida por la que el sistema comenzaría a desangrarse hasta morir. Planeamos el ataque al detalle sin dejar nada librado al azar y pedaleamos veinte cuadras hasta el Carrefour.

Dejamos las bicicletas sin candado como quien deja el motor encendido y Walter se quedó de campana. Piki y yo entraríamos, y Pablo desde afuera esperaría la mercancía. Hicimos un poco de compras para no llamar la atención, pusimos jamón, queso, 2 baguettes y una coca cola de 2 litros, y avanzamos decididos hasta el sector de los CD’s. Teníamos la lista memorizada y pusimos en el changuito los ocho discos fundamentales que necesitábamos, y que serían la prueba piloto para el vaciamiento que teníamos planeado en los próximos meses. Avanzamos temblorosos por la góndola de los productos para el automotor. Piki, en la tentación de lo fácil, quiso agregar a la lista unos ojos de gato para la bicicleta, pero se contuvo y no lo hizo. Llegamos al punto que nos había detallado y observamos la rendija, el resplandor del exterior colándose justo por debajo de los potus y entre unos bonsái de palo borracho. Piki tiró el primero. El secreto estaba en tirarlo con fuerza y a ras de suelo, para que vaya raspando el asfalto y pase justo por ese espacio que él nos había descrito. Del otro lado, Pablo silbó como habíamos acordado. En sus manos tenía Nevermind, y antes de terminar el primer silbido, yo le estaba mandando el “Black Album” de Metallica y “The Spaghetti Incident”, casi en simultáneo.

Volvimos a casa pedaleando cuesta arriba por Zufriategui y nos encerramos a escuchar los ocho discos, uno atrás del otro, sin parar. Llegamos a tener cerca de cien discos antes de que Carrefour colocara las bolsas de abono justo en la rendija, pero para ese entonces ya éramos leyenda.

8 pensamientos en “Los adelantados

  1. Aca en Mdeo. venden cerveza Santa Fe y descubrí que en un Super esta mal cargado y no te cobra el envase, pero despues yo voy, se lo devuelvo y si me paga ese valor. Asi que en casa nunca falta la Santa Fe.

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