Renacer

Me subo al taxi con los auriculares puestos. Voy escuchando “Within you without you” y no puedo dejar de escucharlo por ser cortés con un tipo que probablemente no vuelva a ver jamás. El tachero hace caso omiso de mis auriculares, lo veo mover la boca pero no lo escucho. Quién sabe, quizás me este diciendo que me está secuestrando y usará mi piel para hacer billeteras que luego venderá en Once. Suena “Lucy in the sky with diamonds” así que no me importa. Si me voy a morir, que sea escuchando “Lucy in the sky with diamonds”. El tachero sigue hablando, me mira por el espejo retrovisor y me habla. Yo nunca supe qué hacer cuando el tachero te mira a los ojos por el espejo retrovisor. ¿Se supone que lo mires de la misma manera? ¿O tendría que mirarle la oreja peluda y el tercio de nuca que no es tapado por el apoyacabezas? Si yo fuese el conductor me jodería las pelotas que me miren la oreja, creería que tengo cera, me metería el dedo hasta el yunque escarbando y buscando algo sin saber qué. Pero si miro al espejo no se puede ver que lo veo. Los espejos son traicioneros. Uno puede estar mirando a los ojos de su interlocutor y este último interpretar que le miramos los dientes amarillos y nicotinosos. Todavía que me quiere matar para despellejarme y hacer billeteras de piel humana, yo lo hago enojar mirándole los dientes amarillos que aparecen debajo de ese bigote horrible. Puta madre, ahora seguro me va a matar con sufrimiento, ya me debe haber tomado bronca, la puta madre. Soy un boludo, tendría que haber mirado la oreja peluda. Después de todo cera y orejas peludas es algo mas normal. Las orejas peludas son genéticas. La cera es una forma del cuerpo de defenderse de agentes externos. El tipo no tiene la culpa de ninguna de las dos cosas. Tendría que haberlo mirado a la nuca y me hubiese asegurado una muerte un poco más decente. Una muerte de un tipo cualquiera que se sube a un taxi equivocado conducido por un asesino serial que despelleja a sus víctimas para hacer billeteras de cuero que venden 5 senegaleses a la salida de Once. Tendría que haber mirado los pelos cerosos de la oreja, y él habría sabido que yo era tan humano como él, que escuchaba lo que me estaba diciendo mientras manejaba por una Avenida Córdoba desierta. Miré sus dientes amarillos y ahora voy a pagar por eso. Miré sus dientes amarillos que son a la vez prueba y testigo de su mierda de vida, sus dientes corroídos por la nicotina de tres paquetes diarios de Benson and Hedges. Doblamos por Pueyrredón y mientras se va terminando |She’s so heavy| entiendo que está por terminar todo. Me voy a morir. Cuando crucemos Sarmiento y el taxi siga de largo sabré que todo terminó. No tengo fuerzas para luchar y estoy seguro de que no tendría sentido hacerlo. Me juego la vida a que tiene todas las puertas trabadas. Me juego la vida, que idiota. Probablemente tenga un arma. Una pistola vieja y un poco corroída de esas que muestran que usan los chorros en los realitys de la policía bonaerense. Es de madrugada y la calle está vacía, y pasamos Sarmiento y me sigue hablando. La música se terminó pero no puedo escucharlo. No quiero escucharlo, si total ya decidió. Qué me importa lo que piense, qué me importa cómo quiere matarme si lo mismo voy a terminar muerto y hecho billetera. Pasamos la plaza. La versión madrugada de la plaza que es cartones tirados y tipos durmiendo sobre los bancos y un grupo de borrachos de tetra. Pasamos Avenida La Plata y me mira y se sobresalta. Me habla desde una excitación muy distinta a la calma de antes. Una excitación que interpreto como la culminación de este circo que tiene armado y que disfruta justo antes de matarme. El hijo de puta está disfrutando. Me mira por el espejo retrovisor y disfruta mientras yo le miro los pelos que le salen de las fosas nasales y que se le mezclan con el bigote tupido. Me pregunto si me pegará un tiro directamente o si me hará bajar del auto primero. Acá mismo podría matarme y no se daría cuenta nadie. Si me hace bajar y su pistola vieja y herrumbrada falla puedo correr. Capaz tengo una chance de correr y salvarme y atravesar la plaza y la estación y al final de todo por ahí no termine siendo billetera.
¡Eh, flaco! ¿En qué estás pensando? Me habías dicho Sarmiento, ¿no? Me colgué hablándote de mis quilombos y me pasé, quedate tranquilo que te lo descuento. Te decía que desde que empecé con esto de la Iglesia Universal me cambió la vida, parece mentira pero los tipos estos saben y de alguna forma yo ahora estoy más conectado con Dios, loco. Yo ahora siento que puedo hablar con él, ¿entendes? Y mi mujer, para mí volver con mi mujer fue que me devuelvan la vida, y ver a mis hijos ni te cuento. Yo los noto resentidos todavía, te digo, y no es para menos… no te das una idea cómo los fajaba yo a esos pendejos, y sin embargo, gracias al Señor, ellos me están perdonando. A mí la vida me dio otra oportunidad y la estoy aprovechando. Ayer subí al altar y besé el manto de piedad: eso no lo hacen todos, ¿eh? Y si tenés la chance, el manto de piedad es borrón y cuenta nueva. No sólo Dios te perdona, sino que la gente con la que te portaste mal te perdona también. Yo empecé otra vez mi vida, los pibes van al colegio, el más grande labura en una pizzería, mi jermu labura en casa. Otra vida, ¿entendés? Bueno, llegamos. 42 pesos. Tomá, es un regalo. Estos monederos los hacía yo antes de manejar el taxi. Son de cuero posta. ¡Que andes bien!

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8 pensamientos en “Renacer

  1. Genial Tonga, genial. Guardame la 6 que todavía no pasé por el bar!! Si, ni me hablés, muchos exámenes, mucho laburo y esas cosas… entre la 6 y la 7, tengo orsai para pasar (lo que queda de) el invierno

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