Humo Blanco

El taunus naranja de la familia de Juan no era un auto. Era una institución, un integrante más de la familia. Cuando uno pensaba en la familia de Juan pensaba en Los Beatles, en Asimov, en guitarras, y en un Taunus naranja con techo vinílico. Juan y yo somos amigos desde primer año del secundario, y si bien el Taunus siempre estuvo en la puerta de la casa de Jaramillo, yo no me subí al Taunus hasta que Juan tuvo registro de conducir.
Hago memoria y no me acuerdo cuando fue la primera vez que me subí, ni a donde fuimos, ni quien estaba con nosotros. Pero hay una noche del Taunus que tengo tan nítida en mi memoria como si hubiese ocurrido ayer: fue un sábado cualquiera de invierno. Llovía un poco pero no hacia frio y habíamos pensado en ir a bailar a Puente Mitre. Juan vivía en Pinto y Jaramillo. Puente Mitre quedaba en los arcos de Palermo. Ambos puntos los unía perfectamente el 130. O el Taunus naranja. El taunus naranja con techo vinílico cuyas llaves y documentos se ocupaba de esconder perfectamente cada noche Raquel, la mamá de Juan. Raquel, lejos de cualquier maldad, lo hacía desde la certeza de ser madre. Sabía sin margen de error que volveríamos borrachos hasta la medula, y cuidaba nuestra integridad física sin dejarnos usar el auto. Pero ese sábado llovía cada vez mas y decidimos esperar a que Raquel se duerma para buscar las llaves y los documentos con el mayor sigilo posible, y salir motorizados.
Cerca de las dos de la mañana estábamos en la esquina, llave y cedula verde en mano, empujando el Taunus hasta la otra cuadra para que Raquel no nos escuche arrancarlo. Derecho por Pinto hasta subir a General Paz, y después Lugones hasta Sarmiento. Puente Mitre quedaba a diez minutos de Taunus. Ya en General Paz Juan me dijo que sentía un poco raro el auto. Yo en esa época no solo no tenía registro, tampoco tenía la más remota idea de lo que pasaba adentro del capot. Los misterios de la mecánica automotor no me interesaban en lo absoluto.
En La Lugones sentimos olor a quemado, pero ya casi llegábamos. Si el motor estaba recalentando, en todo caso tendría toda una noche por delante para enfriarse. Recién nos preocupamos cuando vimos el humo blanco asomando por los laterales del motor justo cuando salíamos de la Lugones para entrar en Sarmiento. El humo blanco nunca es buen augurio. El humo blanco avisa que hay Papa, que entran los novios al salón, o que se funde el motor.
Mientras el Taunus avanzaba ya apagado y por la inercia de la velocidad, Juan lo fue orillando sobre la izquierda de Avenida Sarmiento. Llovía bastante fuerte. En ese entonces aun no usábamos celulares. Había que caminar bajo la lluvia hasta un teléfono público y tener monedas. Había que llamar desde un teléfono público a diez cuadras de donde se había quedado el Taunus y pedir auxilio mecánico. Había que volver al Taunus y esperar. Dos horas.
Cuando llegó el mecánico y abrió la tapa del capot entendimos que la expresión “fundir el motor” no era una expresión. El motor se funde. Se derrite. El motor del Taunus histórico de la familia de Juan era un caos de caucho fundido sobre piezas metálicas y cables semi pelados. Subimos el Taunus a la grúa y le indicamos la dirección: Pinto y Jaramillo.
No hablamos en todo el viaje, Juan y yo sabíamos que había una sola forma de salir airosos de esta situación, y todo dependía de un factor ajeno. Durante los veinte minutos que duró el viaje no pensamos en otra cosa. Invocamos a todos los dioses en los que no creíamos pidiéndole por nuestra suerte, todo lo que necesitábamos era un lugar de tres metros de largo. Nada más que tres metros pedíamos.
La grúa dobló por Pinto y lo vimos. El lugar estaba ahí. Libre. Inmaculado. El mismo exacto, preciso y precioso lugar donde estaba estacionado el Taunus cuando nos fuimos, seguía libre tres horas después. Nos olvidamos de Dios y al unísono indicamos al mecánico que conducía que ese era el lugar donde debíamos dejar el Taunus. Maniobramos como pudimos la dirección dura para hacerlo entrar mientras empujábamos para adelante y para atrás hasta hacerlo encajar y dejarlo exactamente como lo habíamos tomado.
Entramos. Fernando, el hermano de Juan, jugaba al truco con algunos amigos. Nos sumamos a la tertulia y no contamos absolutamente nada de lo ocurrido. Juan dejó las llaves y la cedula verde donde las había encontrado, y dejamos que la noche avance. Nos emborrachamos, boludeamos hasta altas horas y nos quedamos dormidos.
A la mañana siguiente nos despertaron los gritos. Raquel y Fernando discutían en el living y nos acercamos a ver qué pasaba. Fernando gritaba diciendo que no podía ser. Raquel lo puteaba entre el llanto y la bronca. Fernando insistía en su inocencia sin ser escuchado. Cuando Juan apareció en escena Raquel se descargó al grito de “Fernando fundió el Taunus, tu papá lo va a matar!” Fernando replicó en un tono más alto alegando que no podía ser, que solo había hecho media cuadra cuando vio el humo blanco salir del motor. Raquel no creyó la verdad. Nosotros aprovechamos la confusión y salimos a la calle, tristes por el destino de Fernando.
Al Taunus le hicieron el motor y vivió muchos años mas hasta ser reemplazado por un 206. Fernando estuvo castigado durante largo tiempo y aun mucho después de reparado el Taunus, siguió usándolo solo cuando lograba encontrar las llaves y la cedula escondida. Juan, que a los ojos de Raquel era más cuidadoso, lo siguió usando siempre que lo necesitó.
Hasta hoy ni Raquel ni Fernando supieron esta verdad. Si están leyendo, vayan mis disculpas para Fernando por las noches que se quedó sin auto y mi abrazo para Raquel, por las noches en que no encontramos las llaves y salimos sin auto. Quizás gracias a eso hoy este contando el cuento. También mis disculpas anticipadas a Juan, por si no le vuelven a prestar el auto.

7 pensamientos en “Humo Blanco

  1. yo aprendi a manejar en un taunus modelo 82 marron caca y la primera vez que lo saque a escondidas lo fundí a 10 cuadras de la casa de mis viejos…pero ellos si se enteraron que había sido yo, que bien me hubiera venido un perejil en ese momento….

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