La piedra filosofal

Después de muchos años de insistir, en dos mil cinco lo convencí a Juan de que además de Villa Gessell, había otros lugares ya no en el mundo, pero si al menos en la Argentina, que podría llegar a ser interesante conocer. Por eso el uno de enero de dos mil seis nos subimos a ese micro, llevando un poco de ropa, una carpa que no prometía mucho amparo, una guitarra recauchutada que le robamos a mi hermano  y un bongo de madera que le compramos a un lutier por treinta pesos en mercadolibre.

Como era uno de enero, nos dormimos una borrachera importante gran parte del camino, y despertamos un par de horas antes de llegar a San Martin de los Andes, la ciudad de la guasca. Repito: La ciudad de la guasca.

Si no conocen San Martin de Los Andes, les ahorro una sorpresa: En verano huele a guasca. Supongo que es el olor de alguna planta del lugar, aunque también podría ser que en verano se coge menos, o que simplemente los lugareños se pajean más, realmente no lo sé. Pero, si no tienen ganas de sentirse en un bukake permanente, eviten San Martin de los Andes en verano. Cada uno de los días que pasamos en San Martin, lo hicimos pensando que alguien, en algún lugar de ese paramo hermoso entre las montañas, acababa siempre afuera. El tercer día nos fuimos a conocer los Siete Lagos.

Nos subimos a una camioneta de dudosa seguridad, conducida por un loco al que diez minutos antes habíamos visto tomando una cerveza en el quiosco de la terminal, y mientras reíamos comentando el tema, subieron a la camioneta Blas y Barty. En ese momento, con solo ver la cara de Blas y los ojos desfasados de Barty, supimos que ese iba a ser un viaje divertido. Pero nuestras expectativas eran nada respecto de la realidad que teníamos por delante. Una camioneta para doce pasajeros, llevando quince. Quince pasajeros con sus nada normales equipajes: guitarras, carpas, bolsas de dormir, mochilas gigantes, bicicletas desarmadas, Barty y su bolsa mágica y misteriosa. Kilómetros de ripio que el clima había desgastado hasta convertir apenas en una arena gruesa sobre la que circulaba una camioneta para doce que llevaba quince. Una camioneta que hacía muchos kilómetros había dejado de tener huella en sus ruedas y que era manejada por un borracho que, para peor, estaba seguro de conocer la ruta como la palma de su mano. Yo ni siquiera podía creer que llamara ruta a esa tierra que se abría camino entre una pared inmensa de un lado, y la nada misma del otro. Y Barty atrás mío, echado en el asiento, drogado hasta la médula y cantando canciones infantiles mientras le introduce canutos a Blas en los orificios nasales y ríe como un nene. Frenada brusca. Camioneta verde con letras blancas. Gendarmería Nacional. Barty cantando allegro y vivace que “los milicos son, todos putos.”. Tensión.

Blas se despierta y en un resoplo dispara como misiles los canutos de su nariz, que se estrolan contra la nuca de una chica que duerme a un par de asientos de distancia. Sube un milico y pide documentos, los junta en una pilita ordenada y baja de la camioneta. Barty no para de reírse mientras Blas trata de esconder la bolsita mágica y misteriosa. Vemos a los gendarmes revisar los documentos, los vemos por entre los bultos de los equipajes, por entre los espacios que Blas nos deja libres tratando de encontrar un lugar seguro, pero justo en el momento en que creemos que lo logro, justo cuando empieza a envolver la piedra gigante que decidieron traer al viaje en una toalla con un olor a culo tremendo, vemos a los gendarmes abriendo la puerta de la camioneta. Vemos a los gendarmes con la correa en la mano. La correa que agarra del cuello al perro que estira la lengua hasta el piso y parece desesperado. Este perro que en otra ocasión podría ser, por lejos, el mejor amigo de Barty, puede estar a punto de cagarle parte de las vacaciones. Barty no lo entiende, está tan drogado que antes que podamos reaccionar está pegado al parabrisas sacándole la lengua al perro, imitándolo como solo un drogado puede imitar a un perro, y a la vista de todos los gendarmes. Nada puede superar este momento, pensamos, y mientras lo pensamos Barty nos mira fijo. Los ojos colorados y saltones, las mejillas rojas como el fuego. Barty nos mira tan fijamente que tardamos en notar que está de espaldas a los gendarmes, que apoya el culo peludo y desnudo sobre el parabrisas y aleatoriamente abre y cierra sus cantos con ambas manos. Cinco segundos dura el espectáculo. Los gendarmes lo bajan a la realidad y al suelo en un segundo. Lo único que separa a Barty de una golpiza segura somos nosotros, los catorce boludones que miramos atónitos la escena del drogón.

Nuestro chofer aparta a uno de los gendarmes y vuelve enseguida a la camioneta. Nos dirá que tenemos dos opciones. Elige tu propia aventura, pienso. En la opción uno seguimos viaje sin Barty, dormimos durante la hora y media que falta de viaje y acá no pasó nada. Ni siquiera Barty. En la opción dos juntamos cien pesos y Barty sigue con nosotros. Sacamos cien pesos de la billetera de Blas, que cuelga de la última ventana  de la camioneta, y recuperamos a Barty. Pero ya es tarde, Blas le da el último trozo de piedra al perro, que con el incidente de Barty aprovecho para hacer lo que mejor sabía. La camioneta arranca mientras Barty y Blas se cagan a trompadas en el medio del pasillo angosto. Barty le tira tarascones y Blas le devuelve patadas. Mientras nos alejamos el perro nos corre como nunca en mi vida vi correr a un perro. Hasta la próxima curva.

9 pensamientos en “La piedra filosofal

    • ¿Asi que estabas laburando?! Pero mirá vos… Todos nosotros estamos en Cayo Largo de vacaciones… #Caradura

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