El año de la polenta

Cuando empecé a estudiar gastronomía, una de las primeras sentencias,
y sin duda la más desgarradoramente idiota que escuché en el aula de
cocina, decía así:

“Partiendo de ingredientes nobles, se llega a platos majestuosos”

Pura mierda. Estuve a punto de levantarme e irme en ese exacto momento, pero
prevaleció la idea de adquirir los conocimientos que la cocina del
restaurant no me daba, y me quedé.
Después de muchos kilos de cebolla cortada de todas las maneras posibles,
de toneladas de zanahorias torneadas hasta la perfección o el hartazgo y
de muchos tournedos de lomo demasiado crudos o demasiado secos, me
convencí de que la declaración de la primera clase, seguía siendo una
absoluta idiotez. Y al año siguiente tuve la demostración empírica.

Era uno de esos años en que el país estaba hundido. Mi papá, después
de quedarse sin laburo habia empezado a manejar un remis con magros
beneficios económicos, mi vieja ya se había enfermado de cáncer de
pancreas y mi hermana aportaba lo que podía con el puesto que había
conseguido en Burger King. Yo por primera vez en muchos años no tenía
trabajo ni muchas ganas de tenerlo. Hundido hasta el cuello en mi
propia mierda, no tenía ganas de nada y me ocupaba de cagarla cada vez
que tenía la chance de reflotar.

Para mí, ese fue el año de la polenta.
Mi mamá, que requería de algunos cuidados especiales, se había mudado
con la familia de mi hermano mayor, mi hermana aparecía ocasionalmente
por casa, y pasaba su tiempo en el Burger King o en la casa del novio
y mi viejo trabajaba como podía y vivía en una pensión, creo. Así que
acá estaba yo, sin plata, sin trabajo, sin ganas. Pero sabía algunas
cosas de cómo cocinar. Y tenía un montón de polenta que no sé cómo
había aparecido un día en casa.
Cuando uno sabe cocinar y tiene un poco de imaginación, aun en el peor
de los escenarios se puede comer relativamente bien.

El año de la polenta, saber cocinar de alguna manera me salvó la vida.
Me convertí en el Bubba de la polenta, y fui capaz de comerla siete
días a la semana, mediodia y noche, de mil maneras diferentes. Pero
además, tener la polenta y el desafío de alimentarme de eso y algunas
otras variantes o agregados, fue durante mucho tiempo, lo único que me
hizo salir del sillón día tras día.

Tal vez en la distancia, escribiendo esto en la comodidad del estómago
lleno y mientras tomo un café, no me deje plasmar exactamente la
envergadura de lo que quiero decir: estuve días sin hacer nada,
haciendo zapping en la tele, tirado en el mismo sillón donde dormía,
sin afeitarme ni bañarme ni subir la persiana, sin atender el
teléfono, sin prender una luz. Pero cada uno de esos días, en algún
momento, mi cabeza se despertó de la ausencia absoluta de voluntad y
pensó la forma de utilizar la polenta para crear algo distinto que
diera ganas de ser comido. Polenta frita con ajo. Polenta al horno
rebozada con harina. Pizza de polenta. Polenta grillada. Polenta con
cebollas caramelizadas. Sandwich de polenta fría. Polenta con caldo de
menudos de pollo. Galletitas de polenta.

El año de la polenta me hizo gran parte de lo que soy hoy. Me demostró
que uno es realmente quien demuestra ser en la adversidad y me enseñó
que siempre tenemos algo por lo que salir a luchar. Aunque ese algo
sea un plato de polenta.

6 pensamientos en “El año de la polenta

  1. Años de estudiante comiendo polenta con salsa y a la noche, al día siguiente y a la noche siguiente esa misma polenta hecha pizza o mil variantes. La polenta es la excusa para luchar por algo un poquito mejor, ¿no?

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