Hijo póstumo

Me excito pensando en tu cabeza estallando en pedazos. En tu cerebro
sangrando esa gris materia que inútilmente guardás ¿Para qué, Juan?
¿Para qué naciste? Sueño con acelerar y tenerte cerca. Espero. Se me
acaban las excusas para faltar a la oficina, enfrentar a los jefes
impacientes, todo vale la pena porque estás ahí, preparadito, listo
para que la rueda te haga explotar esa cabecita fea, deforme e imbécil
que tenes entre esos hombros caídos que no pueden sostener ni una
espalda sin forma, sin músculos ¿para qué servís, Juan? Para nada. Te
hago un favor, desgraciadito. Va a ser el aborto con el que soñaron
tus viejos al verte salir de esa concha horrenda que te hubo de parir.
Porque, asumilo Juan, no podes venir de ningún lugar hermoso vos, no
hay forma de que algo de amor te haya concebido. Sos un infortunio y no
hay que tolerarte, ni silenciosa ni ruidosamente. Por eso te vas a
morir, Juan. Porque no servís para nada. Pero no quiero que pase algo
que me saque a mi esta oportunidad, necesito asegurarme de que sepas que
soy yo. Necesito saber que vas a sentirme venir. Deseo que me veas,
casi que se me para la pija de saber que te vas a morir y gracias a
mí. Juan, te voy a pasar por arriba, pero primero te tengo que golpear, fuerte,
para que te caigas. Me tengo que asegurar de que caigas en la calle, Juan,
porque si te subís a la vereda y tenés suerte te cubre algún poste y me paran
antes de matarte. Tendrá que ser en una avenida. Y yo sé a qué hora pasás.
Te estoy viendo hace días. El mismo recorrido pelotudo. La misma casa de
comidas. Encima eso, Juan, tan previsible, tan tranquilo. Y encima sonreís
cuando caminás ¿de qué te reís, Juan? No sabés que te espero yo.
Ni siquiera sabes que te odio tanto. Apenas sospechás que te desprecio.
Pero no, Juan, para nada. No es desprecio. Al menos te concedo eso, Juan,
te odio. Necesito que te mueras porque no puedo entender que existas.
Sí, Juan, de solo pensar que en un rato vas a estar tirado, con la cabeza
abierta y sin respirar, todo mi mundo se vuelve más tranquilo. La siento como
avanza. La tranquilidad, Juan, la paz que siento de saber que no vas a estar
más acá en este mundo que hacés de mierda. Tanta paz siento que
hasta un poco de melancolía me da y dudo. Pero ¿sabes qué, Juan? Ya
pensé en esto también, ya sabía que venía esta duda y me preparé, Juan.
Nunca improvisé nada. Me preparé.
Es fácil, Juan, una aspiradita y vuelve todo, ni siquiera necesitas ser un genio
para hacer esto. Una lamida al sobre para no desperdiciar nada y otra vez al
palo, Juan. Te encantaría sentir esto que siento, pero te vas a morir, Juan.
Se puso en verde para vos. Las manos me transpiran. El pulso acelera y el auto
tiene un ataque de ira. Escucho los gritos de la gente, Juan, y vos como un
pelotudo cruzando con los auriculares puestos. Ni me ves venir, Juan, la puta
que te parió, tenías que verme. No importa, Juan.

Te vas a morir igual. De lleno te doy. Siento cómo se hunde el capot
del auto y te veo volar, Juan. Volás mucho. Volás alto porque sos un flacucho
inerte casi muerto. Porque tu vida no pesa ni en la balanza de la farmacia, Juan.
Volás porque sos intrascendente, Juan. Ni la gravedad te quiere, Juan.

El golpe seco te deja tirado ahí, medio al costado del auto. Calculé mal, pero
todavía tengo toda la calle para mí. Juan, yo soy mucho más valiente que vos y
pego la vuelta. Te veo mover, ahora sí. Hago una U y tengo el coche de frente.
Nadie se anima a acercarse. Los autos se quedaron todos inmóviles. Algunos
hacen maniobras para retroceder y no estar en la escena. El miedo, Juan, el
miedo los ahuyenta de vos. Por fin levantas la cabeza un poco, pero no me ves.
Juan, hijo de puta, mirame. Me queda poco tiempo Juan, tengo que hacerlo.
Te caes sobre la línea amarilla y me queda tu cabecita ahí, como invitándome
a jugar. Es más fácil ahora, sólo tengo que hacer que una rueda gire por la línea
amarilla y voy. Juan ¡escuché el crac de tu cabeza!

Recién me pararon en la autopista, llegando a Luján. Juan, morite.

Román Santos

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