Le Shana Haba

Les quiero hablar de un ritual construido alrededor de la narración. Una metahistoria, o sea, una historia acerca de contar una historia, y acerca del traspaso generacional de una historia. El ritual del cual les quiero hablar, se llama Pesaj.

Estaba esta señora, que estudiaba en California, y que decidió con un grupo de personas analizar la transmisión de la historia. Los rituales, el folklore y toda la performance alrededor.
Lo que hizo fue grabar un seder de pesaj completo, durante cuatro horas, y luego lo estudió durante dos años.
Quería saber qué era lo que realmente sucedía, y lo que rápidamente observó, fue que en realidad no era una historia, no era el ritual de contar una historia, sino que se trataba de dos historias: una, es la historia cronológica. La que tiene eventos pautados, la del seder propiamente dicho. El orden de pesaj.
La otra historia, es la de la familia que hace la performance de ese ritual. Y cada familia lo hace a su manera, y cada año lo hace distinto, aun cuando uno de los grandes mitos es que el ritual es siempre el mismo. De hecho, esa es la esencia de un ritual y así lo dice la historia: Es siempre el mismo.
Pero no. El sentido común nos avisa que no lo es. Somos diferentes personas, en diferentes años y en un mundo distinto. Y sin embargo aceptamos la idea de perpetuidad que el ritual nos da. Porque es rítmico, porque es repetitivo, porque usa un vocabulario especial, y porque al final, todo ritual lo que hace es convertir lo ordinario en extraordinario. Nos mueve del lugar común con el uso de gestos y posturas, nos sensibiliza. Y todo eso nos persuade y nos suspende, por un instante, de nuestra incredulidad.

En Pesaj leemos la Haggadah, que significa, literalmente “la narración”. Hay muchas versiones de este libro, incluso hay familias que escriben sus propias haggadot. Si la haggadah de una familia se pierde, es un gran problema. Y sin embargo, siempre hay una haggadah para seguir, que parte de la gran tradicion, y que tiene reglas concisas: ahora toma el vino, ahora esconde un pedazo de matza.
Y asi como tenemos esas reglas concisas, tenemos nuestra propia tradición oral. Decimos “bueno, salteemos esta parte” o “aca es donde la tia hace lo de las velas”. La historia de cada familia puede ser leída a traves de su Haggadah. Somos un grupo de personas haciendo esto, año tras año. Siempre cambia algún participante. Alguien muere, alguien nace, alguien esta fuera de la ciudad, alguien trae a un invitado. Pero hay un grupo de personas que siempre esta, año tras año, y que son, en efecto, los guardianes de la tradición.

Asi que cada familia construye, junto a la Gran Tradición, su pequeña tradición. Una tradición que se entremezcla y se contradice, pero avanza mas o menos en la misma dirección que la Grande. Y estas dos historias se cuentan juntas. La gran historia, la escrita en la Haggadah, la de como escapamos de Egipto y nos liberamos de la esclavitud, y la pequeña historia familiar. Son inseparables, y no podemos entender una sin la otra. El seder es una historia de contrapuntos.

En fin, esta es la historia de un pesaj que filmé durante cuatro horas. Una ceremonia con cuatro generaciones en la casa de una vieja pareja, de mas de 90 años.
El hombre de la pareja anciana comenzo la noche diciendo “este será mi último seder”. Eso es algo dificil de escuchar. Es algo que se oye con respeto y escepticismo. El sabia que sus nietos no sabian nada de judaismo, y quería que no fuese asi. Antes de comenzar el seder, presento a su nieto ante el resto de la mesa y dijo “Este es mi nieto, y hoy será quien haga el seder”.
Marc, su nieto, sabia que eso pasaria, ya que el año pasado había pasado lo mismo con su hermano. Antes de llegar a la casa le había dicho a la madre que si lo invitaban a hacer el seder y lo interrumpian a cada rato, se iria de la cena. Asi que la situación se puso tensa. Todos se pusieron tensos. Pero bueno, los sedarim jamas son relajados.

Para el abuelo era un gran sacrificio no liderar el seder, pero quería asegurarse de que su nieto podría hacerlo. Lo que sucedió esa noche, fue que ese niño se convirtió en hombre. No lo vi en ese momento, pero luego, tras muchas veces de mirar el video de cuatro horas, entendí que esa noche había visto un rito de pasaje. El bar mitzvah que Marc jamás había tenido. Comenzó el seder como un ignorante inseguro, y terminó la noche con bastante autoridad.
Mi video es muy elocuente en ese sentido. Marc también terminó la noche borracho.
Pero al principio del seder se ve algo: Marc, nervioso, toma una copa entera de vino. Su abuelo lo reta, y le dice que no puede hacer eso, que aun tiene que tomar cuatro copas más.
Marc le responde que alli estan sus cuatro copas sagradas, y que esta es la quinta copa, y tomará de ella todo lo que quiera. El abuelo le dice que es una excelente idea, y se sirve una copa para beber mientras Marc hace el seder.
Eso, es transmisión generacional. Dentro de muchos años esa familia tendrá 5 copas en la mesa, y contará esta historia.

El seder continuó. Llegamos a la cuestión de las diez plagas. Ese momento en que recitamos la afecciones que cayeron sobre los egipcios.
Alguien dijo que era su parte favorita del seder, que aqui sentía que lo que realmente estabamos diciendo es que todos estamos en una especie de Egipto simbólico. Todos sufrimos y tenemos nuestros problemas. Esto inició una gran discusión: ¿porqué hablamos de las plagas? Fueron plagas terribles: sangre, y oscuridad, y muerte de los primogénitos. ¿Porque hablamos de esto?
Marc surgió de entre las voces que discutian y dijo: Miren, no hay nada malo en hablar de las plagas. Lo que hacemos es decir que eso le pasó a nuestros enemigos. No hay regocijo en ello.
No estamos celebrando su dolor. Lo que estamos haciendo es que nuestra copa de vino, nuestro regocijo, sea un poco menor. Por cada plaga que sufrió nuestro enemigo, nosotros quitamos un poco de vino de nuestra copa.
Alguien desde el fondo grito que no era asi, y que en efecto, sí estábamos gozando con el dolor de nuestros enemigos, y mientras toda la atención se fue para esa discusión, mi camara se quedó fija en mi hijo de seis años. Estaba recitando las plagas, y tirando una gota de vino en su plato por cada una, y alguna que otra en el mantel, mientras nosotros levantábamos la voz hablando de la franja, de la guerra y los misiles. Dentro de algunos años, cada vez que el haga “lo de las plagas”, va a recordar que de pequeño, en la noche del seder de pesaj, podía jugar con una copa de vino y tirar gotitas por la mesa, sin que nadie lo rete. Eso también es pesaj.

Cuando le conté esto a un amigo me dijo: ¿no entendes que funciona asi? ¿que siempre funciono asi? Los adultos sabemos que esta noche es especial. Esta es la noche en la que nuestros niños aprenden realmente que es ser judio, y es una noche muy larga. Necesitamos que se puedan portar mal, que puedan divertirse, y tirar el vino, y esconder el afikoman. Necesitamos que puedan hacer todo eso para escuchar la historia completa antes de quedarse dormidos.

El seder ya estaba terminando, era una especie de caos gigante, pero en ese caos, pude ver como todos habían de alguna forma adquirido un compromiso, todos habían notado que algo del seder tenía que ver con sus vidas, incluso los que habían estado convencidos, a mitad de la noche, que era el peor seder en el que habían participado, ahora sabían que volverían el año entrante. Porque fue un ritual, y los rituales tienen el poder de generar su propia necesidad de ser rehechos. Nunca es la Haggadah lo que esta mal, nunca es la Gran Historia. Siempre es la familia la que hizo algo mal. Pero el año que viene lo haremos mejor.
Cuando un médico pierde un paciente, y esto aplica tanto para la medicina tradicional como para cualquier otro tipo de medicina, nunca es problema de la teoría, o de porque Dios no escuchó las plegarias. Siempre hay una razón, médica y científica.
Acá también. Nunca diremos “hay algo mal en este texto”, mirando la Haggadah. Diremos “El año que viene lo haremos mejor, lo haremos diferente, lo haremos bien.”

Y así terminó el seder. En un silencio áspero, solo cortado otra vez por la voz fina de mi hijo menor entonando una pequeña y sencilla canción desde el fondo de la mesa. Una canción que es una especie de contrato con nuestro futuro, una canción que era todo lo que faltaba para terminar este ritual. El próximo año probablemente no estemos en Jerusalem, quizas nunca llegue ese año, quizas necesitamos que así sea, que nunca suceda. Porque gracias a ese año que nunca llega es que nos seguiremos juntando, reinventando razones año tras año para contarnos la Gran Historia que nos recuerda quienes somos, que nos recuerda porqué estamos donde estamos, y como nuestras pequeñas luchas diarias se entretejen con la gran historia de nuestro pueblo.

Basado en el texto “Ritual & Storytelling: A passover tale”, de Barbara Myerhoff. (Voices, the Journal of NY folklore. Vol. 34 / fall-winter 2008)

2 pensamientos en “Le Shana Haba

  1. Muy bueno Gasti!!!!….
    y si, cada familia es un mundo… y cada seder varia segun esas pqueñas historias y tradiciones familiares……
    Deseo que este seder se ordenado, pacifico y divertido… como lo era cuando los primos eramos chiquitos!!!!
    Dos cositas nada mas….
    1 hagadá… muchas HAGADOT
    1 seder… muchos SEDARIM…

    Besos

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