Guardrail

Si estas leyendo esto es porque ya cumplí mi condena. Seguramente no sepas quien soy ni de que te estoy hablando, pero hubo una epoca, hace muchos años, en la que vos y yo fuimos felices. Escribo esta carta sabiendo lo que voy a hacer, pero mas que nada sabiendo lo que he hecho y esperando que ya seas lo suficientemente grande sino para perdonarme, al menos para comprenderme.
17 años han pasado desde la noche que te voy a relatar, desde el último dia que fui feliz. No se que será hoy de tu vida, pero en aquel entonces eramos vos y yo. Mamá, tu mamá de verdad, se fue el dìa que vos naciste. Siempre fuimos vos y yo.
Ese 18 de mayo de hace 17 años yo salí a trabajar con la camioneta como todos los días. Hice el mismo camino, subí a las mismas pasajeras, escuche la misma radio. Vos sabias -ojalá te acuerdes al leer esto-, que yo quería lo mismo para vos. Un buen colegio, un futuro. Todas esas cosas que veía a diario en las puertas de las casas de las familias donde recogía a mis pasajeras.
Ese 18 de mayo de hace 17 años ya estaban todas arriba de la camioneta. Eran las mismas de siempre. Todas hijas de. Una pequeña fortuna humana en mis manos. En el volante de mi camioneta. Me acuerdo que llovía a cántaros, tengo la imagen de esa lluvia sobre el parabrisas tan nitida como si no hubieran pasado ni un par de horas. Y si tu pregunta es porqué lo hice, voy a decirte ahora mismo, antes de que sigas leyendo, que 17 años después yo tampoco lo se.
Llovía mucho y nos desviaron, algo con el puente viejo, nunca supe bien. El puente nuevo todavia no estaba inaugurado pero ya se usaba, aunque en algunos tramos le faltaban los guardrails. Nos mandaron por ahi, con la lluvia incesante y todo. En caravanas de 10 autos que lideraba siempre una camioneta de gendarmeria. Nosotros íbamos atras de un Opel K amarillo.
La llanta explotó mas o menos por la mitad del puente, y después estuvimos rebotando contra los guardrails como 10 segundos, que fueron casi tan largos como estos 17 años. Salté justo cuando la camioneta dejo de rebotar y se encontró con el abismo sin guardrail. Llovía tanto que nadie me vió, y en la voragine corrí como nunca había corrido antes en mi vida. Corrí escapando de una muerte que no era la mía pero casi.
Cuando llegué a casa ya era de noche. La abuela te había acostado y ella también dormia en el sillón, con la tele encendida relampagueandole en la cara.
Asi mojado como estaba fui a tu cama. Quería besarte, saber que estabas bien. Ibamos a tener que escondernos un tiempo y si todo salía bien ellos iban a creer que había desaparecido en el rio. Que la corriente me habría arrastrado hasta la represa o algo así.
Me recosté a tu lado y senti tu cuerpo tibio acurrucandose en mi pecho helado y húmedo. Con los ojos entrecerrados me dijiste “veni cerquita” y temblé de miedo. Te abracé mucho, te abracé como si fuese aquel el último abrazo que te daría en mi vida. Cuando finalmente te dormiste te besé la frente y salí de tu cuarto con lagrimas en los ojos.
En el living la abuela se había despertado, y yo me fui con el comisario que había venido a buscarme.
Ese 18 de mayo de hace 17 años fue la última vez que fui feliz. El juez dijo que 50 años por cada una de las víctimas, que eran cinco. Me encerraron tan lejos que tu abuela jamas pudo traerte. Ese fue el peor castigo. El único castigo. Al encierro uno se acostumbra. Podría pasar 250 años encerrado si la vida fuese así de larga, pero solo soporté 17 sin verte. Mi condena está cumplida.

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