knock out

Hace unos días miré por primera vez una pelea de boxeo completa. Los doce rounds. Fue uno de los espectáculos mas nefastos que vi en mi vida. Nunca lo había hecho antes, y si lo hice esta vez fue porque estaba en casa ajena, cenando, y el resto de los comensales estaban obsesionados por ver a Sergio Maravilla Martinez defender el titulo. Fue una victoria extraña: gano el tipo al que mas le pegaron. Pero como no se nada de boxeo, no puedo determinar si fue una decisión justa o no. Lo cierto es que la pelea, o siendo mas preciso, el hecho de haberla visto del primer al último round, me recordó la única vez en mi vida que pegue una trompada.

Tenía 13 años y vivía en un complejo de doce edificios ubicados en una gran manzana, rodeada de verde y de caminitos de cemento que recorrían, rodeaban y atravesaban todos los edificios. Por esos caminitos mis amigos y yo pasábamos horas andando en bicicleta, y de entre esos amigos, mi mas amigo se llamaba Hernán Grillo.

Hernán tenia una bicicleta que originalmente había sido roja y de Carolina, su hermana mayor, y que ahora era azul con algunas reminiscencias coloradas de su vida anterior. Yo  tenía una Aurorita verde que le gustaba mucho a Hernán.

Una tarde la bicicleta de Hernán se pinchó y decidimos que ambos usariamos la aurorita verde, que ademas nos parecía mucho más rápida que la porquería azul que había sido de Carolina. Acordamos que cada uno daría dos vueltas al edificio seis, y le daría la bicicleta al otro.

Yo empecé el primer turno, y siguió Hernán, y yo otra vez, y Hernán. Pero cuando empecé mi tercer turno me di cuenta que queria dar una vuelta mas. No quería mas dos vueltas, quería tres. Y cuando terminé la tercera pasé por al lado de Hernán y le grite que una mas, y escuché a Hernán gritar algo asi como me tooooooocaamiiii, pero justo doblé y no lo escuché mas. En la cuarta vuelta tuve que esquivarlo porque se había parado en la mitad del caminito y yo venía demasiado rápido para frenar.

En la quinta vuelta, cuando me metía en la recta donde me esperaba, lo vi sentado al costado del camino. Una vuelta mas, pensé. Y mientras lo pensaba y me acercaba a toda velocidad a Hernán-linea-de-meta, a Hernán-una-vuelta-mas, pude ver como desde su tranquilidad sobre el pasto verde Hernán levantaba una rama finita y oscura, pude ver como me miraba con ojos de malicia y entendía perfectamente que yo no podría frenar antes de llegar a el, antes de llegar a la ramita. Con medida frialdad y excelente puntería Hernán espero la milesima de segundo exacta para hacer encontrar los rayos de la rueda delantera de la Aurorita a toda velocidad con la ramita perfectamente seleccionada. La ramita lo precisamente fina para caber entre los rayos. Lo suficientemente gruesa para no quebrarse al encontrar la horquilla verde de la Aurorita.

La puta demostración empírica de la primer ley de Newton. Estoy volando por encima del caminito de cemento en un movimiento uniforme y rectilineo similar al que llevaba la Aurorita, que súbitamente se detuvo y giro sobre si misma antes de destartalarse contra el piso. Es un segundo, quizas menos, pero lo puedo ver a Hernán muriendose de risa mientras me alejo volando y caigo de lleno en el cemento rugoso y aspero.

Con las palmas de ambas manos y las rodillas ensangrentadas me levanto. Tengo muchas ganas de llorar, pero sobre todo siento un nudo en la garganta. Un nudo que jamas había sentido, siento que me late todo el cuerpo y lo miro a Hernán que ya no se rie. De a poco me voy acercando y tomo velocidad. Hernán mi imita y se aleja. Corremos. Corremos mas alla de los limites que nos marcarón nuestros padres. Llegamos al borde la Panamericana, que en ese entonces todavia es un terraplen de tierra y pasto. Hernán llega casi hasta la mitad de esa subida antes de sentir mi mano en su tobillo y caer al suelo. Me abalanzo sobre su cuerpo en el piso y sin pensarlo lanzo mi primer piña que le impacta directo en el pecho. Y otra, y otra mas. Y una mas que le pega en el ojo, pierdo la cuenta pero lo veo y le sale sangre del labio. Le pego una piña mas antes de sentir una mano que me frena y unos brazos de adulto que me alejan de Hernán. Mientras me alejan, sin hacer demasiado esfuerzo porque no ofrezco resistencia alguna, veo que muchos de mis vecinos estan alli, mirando la golpiza que le acabo de dar a Hernán. Sin embargo con Hernán solo esta Carolina. La gente se aleja de a poco.

Al día siguiente salimos a andar en bicicleta. Ya le pusieron un parche a la rueda de la bicicleta azul de Hernán.

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