La última cena.

¿Cómo será saber la hora exacta en que vas a morir? Esperar la muerte sentado, sabiendo que es irremediable, que ya no hay vuelta atras, que lo único que queda es esperar el momento. Los días previos, el ritual, la voz oscura y grave del marshall gritando DEAD MAN WALKING, arrastrando las vocales con la misma cadencia con que el hombre muerto avanza arrastrando sus pies. ¿Qué pasará por la cabeza del condenado que sumisamente se acuesta en la camilla y se deja colocar la intravenosa que lo apagará por siempre?
¿Cual será la excusa del juez que condena, qué pasará por su cabeza cuando lee la sentencia frente al acusado y le dice que un día, dentro de un tiempo, le quitaran la vida? ¿Como será escuchar que te matarán, pero que antes vas a tener que vivir con esa idea por un tiempo? 
 
¿Y el verdugo? Ese que finalmente apretará un botón para que las venas se llenen primero de una dosis letal y sedante de pentotal sódico, que es anestésico pero no analgésico, y que de paso evita posibles convulsiones epilépticas (si, irónico usar el suero de la verdad), seguido de bromuro de pancuronio para colapsar el diafragma, cortando para siempre la respiración, justo en el momento en que por la endovenosa pasa el cloruro de potasio que despolariza el musculo cardíaco. Fundido a negro.
Todo orquestado desde un dispenser que, una vez presionado el botón, se ocupa de hacer el trabajo. La culpa no es de nadie. O es de todos.
 
El 15 de septiembre de 2009, Romell Broom despertó en Ohio sabiendo que moriría. Leyó, miró la tele, y esperó la hora de las visitas. Nadie vino. Pidió usar el telefono y llamó a la casa de su padre. Nadie atendió. Cuando le ofrecieron su última cena, dijo que comería lo mismo que el resto de los reclusos. A las 9 en punto caminó por el pasillo de la muerte. Dos horas y 18 pinchazos mas tarde, Romell cambió de posición, cerró y abrio sus puños intentando que las venas se marcaran, e invitó a sus verdugos a probar en cualquier vena del cuerpo. Su muerte se pospuso una semana.
En su segunda muerte, Romell decidió no cenar.
 
Los condenados a pena de muerte tienen el “derecho” a elegir su última cena. Sin alcohol, con un presupuesto acotado, y según casi todas las leyes, consistente en cómida local. Sin embargo, mirando lo que los dead men walking eligen, pareciera que la elección de la última comida cumple siempre con una de dos premisas: convertir esa elección -tal vez la única elección que pueden realizar-, en un mensaje, o intentar recordar un momento, utilizar la comida como un gatillo que los envié a un instante de felicidad, a un recuerdo lejano, a una hora mejor en la que recuerden haber sido felices.
 
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Reginald Reeves, el 9 de mayo de 2002, pidió pollo frito y dos latas de Coca. El 18 de junio de 2003, Ernest Martin pidió una hamburguesa, papas fritas, y una lata de Pepsi.
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Victor Feguer, antes morir ahorcado en Iowa, pidió cenar una aceituna con carozo. Explicó que de esta manera un olivo nacería de su cuerpo enterrado como símbolo de paz. Hasta el día de hoy, ningún olivo surgió de su tumba.
 
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A Ronnie Gardner lo fusilaron en 2010 en Utah, en su última cena le sirvieron langosta, pastel de manzana y helado de vainilla. Lo comió leyendo El señor de los Anillos, de Tolkien. 
 
En “La comunidad del anillo”,Tolkien puso en boca de Gandalf la siguiente frase:
 
“Gollum merece la muerte. La merece, sin duda. Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio entre los sabios conoce el final de todos los caminos.”
Las fotos corresponden a los proyectos Last Suppers de James Reynolds, Last Meals de Jonathon Kambouris y No Seconds de Henry Hargreaves.

4 pensamientos en “La última cena.

  1. Me esperaba algo relacionado a cuál sería su última cena, maestro. Cuál sería su elección. Pero el relato fue tomando otro rumbo y me dejo pensando bastante. No sé hasta que punto hay consuelo para familiares de la victima (pongamos por caso) sabiendo que el condenado muere. No quisiera imaginar esa situación. Antes pensaba que pronunciarse al respecto de este tema, de tomar una determinada posición, te definía como persona. Ya no. Ahora me parece pelotudo clasificar a las personas por lo que manifiestan. Si todos hablamos al pedo! – sacando que algunos dicen “apretá ahí” y volamos todos a la mierda.-
    Saludos!

  2. Flor de tema que elegiste, viejo. Una vez escuché el caso de un cordobés que fue condenado a pena de muerte en Texas. La última comida del loco fue un guiso de mondongo mal cocido que le causó una indigestión criminal. Después de cuatro horas y media de infernales explosiones intestinales (una especie de Apocalipsis estomacal) en el baño de la celda, nunca se volvió a saber de él. Algunos dicen que se fue por el inodoro (astuta forma de escapar). Otros dicen que, para no verlo sufrir, un carcelero le pegó un tiro en la nuca. Yo no sé. Yo no sé…

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