Tupamaros y bombachitas

Cuando Roberto dejó Uruguay tenía 24 años, una mujer, dos hijos que empezaban a caminar y un montón de convicciones que valían una bala, o un submarino, o una picana, o con bastante suerte, un pasaje de ida a algún otro lado que no fuera esta mierda. Eran convicciones de las buenas, de esas que no destiñen, de esas que uno cuida mucho y bien. Y por eso, eran también convicciones caras. Como la vida.

Un día cualquiera de uno de esos años de mierda, Roberto caminaba de vuelta a casa, sin agendas, sin libros, sin nada de todas esas cosas que estaban prohibidas y que a ellos les gustaba tanto encontrar, cuando sintió una frenada a sus espaldas. No llegó a darse vuelta antes de escuchar el grito de alto y verlos acercarse con cara de acá mando yo, a pedir documentos, y a frenar al próximo cristiano desprevenido que pasaba por ahi, para que atestiguara que Roberto llevaba bajo el brazo un libro que hacía mucho que quería leer y no podía. Porque estos milicos eran mierdas, si. Pero todavía se mentían a ellos mismos más de lo que mentían a terceros.

El libro, “Historia de Los Tupamaros” de Eleuterio Fernández Huidobro, estaba en la lista negra, y cuando los ojos de Roberto vieron de refilón que uno de ellos tiraba ese libro a la vereda, justo a sus pies, sintió unas ganas tremendas de agacharse a buscarlo.

Unas ganas que le duraron lo mismo que el culatazo en la nuca.

Cuando se avispó, estaba de cuclillas en un auto que iba rápido por calles todavía adoquinadas. Al lado, otra mujer, también agachada, miraba el cañon del fusil que se apoyaba entre medio de ellos dos y rechinaba los dientes. No de miedo, sino de bronca.

Ese fue el último día de esa decada que Roberto vió a sus hijos. El último día que vio a sus padres, y el último día que vio Montevideo.

Cuarenta y ocho horas mas tarde Tomas -que era el tio de Roberto pero que también era capitán de corbeta de la Marina Uruguaya- subió a Roberto a una camioneta y condujo en medio de un silencio blanco como el cielo de esa mañana. Las pocas cuadras que separaban el FUSNA de la terminal de granos fueron infinitas. Ese de ahi va para Buenos Aires, y ese de allá para Sidney. Elegí uno ahora y andate, porque no te voy a poder sacar otra vez. La piel de Roberto se hubiese erizado, pero le dolía tanto todo que no. Y Sidney era muy lejos. Y Roberto tenía dos hijos, y una esposa, y un papá bancario y una mamá ama de casa. Buenos Aires.

Buenos Aires era casi lo mismo, pero sin mílicos. Todavía. Roberto caminó sin rumbo ni voluntad ni frio ni calor ni dinero. Con hambre. Se durmió en un banco de una plaza. Pidió. Le dieron. Comió. Se durmió otra vez. Pasaron varios días hasta que pudo armar una idea. Recordar un nombre. Una calle. Varios días hasta que pudo preguntar sin miedo. Casi.  Caminar. Tocar timbre. Llorar (llorá nomás botija/ son macanas/ que los hombres no lloran/ llorá/ pero no olvides). Comer. Dormir, tapado y seco.

Después, un día, pudo hablar al paisito. Saber que Luis, su papá, había estado preso porque no lo encontraban a él. Saber que sus hijos lloraban pero vivían. Que el menor ya caminaba. Los quiso traer. No se podía.

El año siguiente los milicos también rompieron la democracia de este lado del charco. Roberto estaba solo, trabajaba, lloraba de noche. Vendía bombachas.

Había conseguido trabajo como vendedor de ropa interior femenina, y andaba de un lado a otro de buenos aires en subtes y trenes y colectivos, con la guia peuser en una mano y una valija forrada de raso rojo que adentro guardaba un muestrario inabarcable de vedetinas, tangas, culotes y corpiños. Cada uno guardado prolijamente en su cajita. En el bolsillo de la valija, un libro gordo llenaba sus páginas con la modelo del momento posando en esas telitas diminutas.

En eso andaba Roberto, caminando por Humberto Primo, visitando lencerías, cuando sintió la frenada brusca. No necesitó darse vuelta para saber que el auto que frenaba era un Falcon. La voz de alto no lo sorprendió. Eran tres, y mientras uno le hacía preguntas otro lo palpaba y el último meticulosamente sacaba cada tanga, cada vedetina y cada corpiño de su cajita y se ocupaba de tirarla en algún lado del empedrado de San Telmo. Cuando vaciaron la valija la tajearon. Cuando terminaron de romperla, miraron las páginas del catálogo hasta aburrirse y lo revolearon hecho añicos por el aire. Se subieron al Falcon y se fueron por Perú. Roberto se quedó con el alma rota, levantando una a una las bombachitas, preguntandose si algún día podría leer Historia de los Tupamaros de Eleuterio Fernández Huidobro.

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