Bananas y café

En julio siempre fui a Montevideo. El sábado siguiente al inicio de las vacaciones de invierno mis papás me acompañaban hasta la escalera del avión y desde ahí yo seguía, primero de la mano de la azafata, que me ofrecía caramelos o una breve visita a la cabina, después siguiendo desde abajo el vaivén del culo metido en una pollera bordo mientras subía la escalera enclenque, más tarde solo. En el vuelo te ofrecían caramelos porque era casi todo despegue y aterrizaje, aunque los 10 o 15 minutos que el turbo hélice sobrevolaba el río de la plata siempre eran lindos. El río visto desde el cielo parece un gran desierto de arena oscura donde cada tanto aparece un carguero lleno de containers que desde acá son rastis de colores perfectamente encastrados aunque también un poco oxidados. En Carrasco la azafata me acompaña hasta migraciones. El resto de la fila se molesta porque me los salto y voy directo a la ventanilla donde la azafata deja el sobre que mi mama le entregó y que tiene mi documento y mi patria potestad. Del otro lado espera Yaya, que parece cada vez más cortita, y Abú, que parece robar los centímetros que le faltan a Yaya.
Nos abrazamos. La sensación es que ellos me abrazan. Mi fuerza de abrazo no es proporcional. Caminamos hasta la parada del colectivo que viene enseguida y Abú me deja sacar los boletos que acá se le piden a otro señor que no es el chofer. Sabe que eso me gusta tanto o más que el tamaño raro de los billetes uruguayos que son como mas cortitos pero más anchos y tienen a Figari con anteojitos de Lennon y a José Pedro Varela que es como el Sarmiento de ellos. Cuando voy a sentarme ya estamos cruzando el Parque Roosevelt que cuando tenes ocho o diez años es como un bosque infinito. Me quedo mirando los árboles del costado que pasan rápido pero no tan rápido como cuando pasas en auto y cuando voy a sentarme al lado de Yaya ya estamos agarrando avenida Italia. El camino es derechisimo por avenida Italia un rato largo y los colectivos acá no se llaman colectivos. Tampoco se llaman trenes, pero tienen vías y unos cables que atraviesan todas las calles. Es raro. Dice Abú que son colectivos amaestrados, que así no pueden irse a ningún lado y te aseguras que no te vas a perder. Además sirven como mapa, dice. Si te pierdes, dice Abú, tú seguí las vías que vas a llegar. ¿Pero adonde voy a llegar Abú? ¡A algún lado vas a llegar mijo!, ¡Ahi pedis que nos llamen! Cuando llego a Montevideo Abú siempre mezcla el tu charrúa y el vos porteño para hablar conmigo los primeros días, después se le pasa y además yo también empiezo a hablar como hablan acá, que la verdad es mucho mas lindo.
Seguimos por avenida Italia hasta que doblamos como alejándonos de la costanera. Mucho no importa porque es julio y hace un frío salvaje y para frío ya voy a tener frio cuando vayamos a Parque Rodó o a visitar a los tios que viven en Buceo y siempre salimos con Yaya y Marlene a caminar por la rambla aunque sintamos que en cualquier momento una rafaga nos va a levantar y nos va a volar hasta Buenos Aires. O tal vez por eso. Ya sé que Yaya me va a llevar a Burma esta misma tarde y va a comprarme algún sueter de esos que te hacen picar todo mientras le cuenta al resto de las viejas que soy su nieto el de Argentina. Acá, en esta avenida que agarramos ahora, Montevideo todavía es más gris. Ahora tengo ocho o diez años así que no lo sé, pero después me voy a dar cuenta que Montevideo es una foto vieja de Buenos Aires. Ya nos paramos que casi hay que bajar. Abú se carga mi bolso y yo me agarro de la mano de Yaya. Bajamos y caminamos primero por General Flores, una avenida que me parece inmensa y vacía y me hace acordar a las calles anchas y desiertas de San Martín los domingos a la tarde, ahí en la zona de San Martín o Villa Martelli donde son todas fábricas y los domingos solo andan vagando los perros en busca de algo para morder. General flores es igual pero en lugar de fábricas grises tiene locales grises que venden cosas grises, como si una lluvia de smog los hubiese cubierto hace años y nadie limpió nunca más. Pasamos por una librería que vende esos sacapuntas que tienen figuras coleccionables de bronce y Abú me dice que elija uno. Me gusta la moto. Cuando el vendedor levanta la moto espero ver cómo queda en la superficie del mostrador la silueta limpia de polvo que la moto protegió. Sin embargo el mostrador bajo la moto es del mismo color, como si el polvo hubiese caído antes o cayese todos los días de manera tal que forma una película inalterable o como si este color de Montevideo fuese un filtro de foto que se aplica siempre y aunque quieras cambiar algo no puedas.
Yaya y Abu viven en Pedernal y Porongos. En un edificio que tiene ascensor pero también tiene una escaleras con barandas formadas por caños que crecen como árboles desde cada escalón y se agarran del techo. Subir colgándose de esos caños es una de las cosas que más me gusta hacer. Eso y cruzar al almacén a comprar galletitas bridge y Colet para la merienda. Por Pedernal casi no pasan autos así que me dejan ir solo y puedo quedarme con el vuelto, que casi siempre son unas monedas grandes y más lindas que las que hay en argentina y que tienen unos dibujos de bananas. Y tambíen aprovecho y leo que la otra calle se llama Porongos. Siempre me río. No porque me cause gracia sino porque me acuerdo de la cara de Gerardo y del monito cuando les cuento en el recreo que mi abuela vive en la calle Porongos, pero a mí la calle que más me gusta es una cortada que se llama figurita y queda a dos cuadras. En Buenos Aires no se nos ocurrió ponerle figurita a ninguna calle y en cambio todas las calles tienen nombres de gente que dicen que fue importante pero también está Paseo Colón y Abú dice que Colón fue un hijo de puta. Lo extraño a Abú. No me acuerdo como era su voz, pero en mi cabeza Abú tiene la voz de Zitarrosa saliendo de una radio grandota y plateada con un dial enorme con el mapamundi que tenía siempre arriba de la mesa de fórmica donde se sentaba a tomar mate en la cocina. Cuando yo tenía ocho o diez años no tomaba mate. Volvería el tiempo atras solo para poder tomar un maté con Abú. Después de los mates con Abú ibamos al balconcito que era casi mi lugar favorito de Montevideo. El balcón tenía un techito de chapa que hacia mucho ruido cuando caían dos o tres gotas, y abajo del techito un montón de herramientas y maderas y clavos y bolitas de rulemanes que Abú juntaba en tachitos y frascos y después usábamos para inventar cosas que igual no funcionan pero que lindo que es hacerlo aunque no funcionen para después entrar a la casa otra vez y que esté calentito y Yaya preparó café con leche y esta servido en la mesa de fórmica en esas tazas de porcelana que tienen las abuelas y que si prestas atención te vas a dar cuenta que se fabricaron usando tetas como moldes. Y en la cocina tambìén hay unas bananas maduras que huelen a banana madura y ese aroma mezclado con el aroma del café con leche en las tazas teta es lo que más recuerdo de la casa de Yaya y Abú. Y ahora que entré a este bar y pedí un café y sentí como un olor a banana madura que capaz sea de un budín me acordé de ellos y de cuanto los extraño.

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¿Salsa blanca o salsa Bechamel?

 

 

 

Seguro creías que si, pero no. No son lo mismo. También estoy seguro que la que comías creyendo que era salsa blanca, era en realidad Bechamel. Hay una sola diferencia, y es muy simple: la salsa blanca no es tan blanca como la Bechamel, y esto es porque la última se hace con leche, mientras que la blanca se hace con caldos o fondos de cocción.
 
Técnicamente, la salsa Bechamel es una salsa madre, o sea que sirve para hacer otras salsas de etapa 3 que tengan bechamel como base: salsa Mornay, salsa Villeroy y salsa Thermidor, por ejemplo. Esto se llama “sistema frances de salsas”. Si, los franceses tienen un sistema de salsas. Si no existiera Uruguay, ese país sería el mejor del mundo.
 
En honor a Luis de Bechamel Marques de Nointel, autoproclamado inventor de la salsa homónima, vaya mi receta:
 
Picar un echalote lo mas fino posible y poner en un sarten con 100 gramos de manteca. Dejar que el echalote dore, bajar el fuego a mínimo y agregar harina en forma de lluvia removiendo constantemente con cuchara de madera hasta lograr que la mezcla ligue y nos quede una masa compacta y dorada. Agregar la leche revolviendo constantemente con fuego medio, y seguir revolviendo por 5 minutos o hasta que la salsa tome consistencia. Agregar pimienta blanca molida y nuez moscada.
 
Creo que son los catalanes quienes la hacen reemplazando la manteca por aceite de oliva, y como siempre con los catalanes,resulta que no se equivocan. 
Otra rica opción es frotar un ajo entero en el sarten caliente antes de comenzar la preparación.
 
Es una salsa que le va muy bien a casi todo, pero es ideal para agregar unos penne y mandar a gratinar al horno durante unos minutos. Bueno, bonito y barato.