Chutney de membrillos

Hace unos días preparé este chutney de membrillos. Estaba esperando para probarlo antes de postear la receta, y anoche lo probé y estoy muy contento con el resultado.

Ingredientes:
1 kilo de membrillos
400 gramos de azucar mascabo
100 gramos de azucar
10 cucharadas de balsámico
4 dientes de ajo
6 clavos de olor
20 granos de pimienta negra
10 granos de cayena
1 vara de canela
1 cucharadita de ralladura de jengibre
Ralladura de cascara de 1 limón

-Cortar los membrillos y cocerlos en agua (para ablandar un poco y no tener tanta cocción despues). Me llevó 30 minutos aprox desde que el agua rompió hervor hasta tener una consistencia adecuada. Mas o menos como la consistencia de una pera. Reservar.
– Preparar un caramelo rubio con el azucar blanca y cuando este listo desglasar con el balsamico para obtener un gastrique.
– Sobre esta preparación integrar los membrillos junto con 50 ml de su líquido de cocción, y el resto de los ingredientes. Llevar a fuego medio hasta reducir (un poco menos de lo que reducis cualquier chutney, por el alto contenido de pectina del membrillo):
– A mi me gusta con tropezones, pero si te gusta un chutney mas bien liso, podes procesarlo.
– Enfrascar y gozar.

Bananas y café

En julio siempre fui a Montevideo. El sábado siguiente al inicio de las vacaciones de invierno mis papás me acompañaban hasta la escalera del avión y desde ahí yo seguía, primero de la mano de la azafata, que me ofrecía caramelos o una breve visita a la cabina, después siguiendo desde abajo el vaivén del culo metido en una pollera bordo mientras subía la escalera enclenque, más tarde solo. En el vuelo te ofrecían caramelos porque era casi todo despegue y aterrizaje, aunque los 10 o 15 minutos que el turbo hélice sobrevolaba el río de la plata siempre eran lindos. El río visto desde el cielo parece un gran desierto de arena oscura donde cada tanto aparece un carguero lleno de containers que desde acá son rastis de colores perfectamente encastrados aunque también un poco oxidados. En Carrasco la azafata me acompaña hasta migraciones. El resto de la fila se molesta porque me los salto y voy directo a la ventanilla donde la azafata deja el sobre que mi mama le entregó y que tiene mi documento y mi patria potestad. Del otro lado espera Yaya, que parece cada vez más cortita, y Abú, que parece robar los centímetros que le faltan a Yaya.
Nos abrazamos. La sensación es que ellos me abrazan. Mi fuerza de abrazo no es proporcional. Caminamos hasta la parada del colectivo que viene enseguida y Abú me deja sacar los boletos que acá se le piden a otro señor que no es el chofer. Sabe que eso me gusta tanto o más que el tamaño raro de los billetes uruguayos que son como mas cortitos pero más anchos y tienen a Figari con anteojitos de Lennon y a José Pedro Varela que es como el Sarmiento de ellos. Cuando voy a sentarme ya estamos cruzando el Parque Roosevelt que cuando tenes ocho o diez años es como un bosque infinito. Me quedo mirando los árboles del costado que pasan rápido pero no tan rápido como cuando pasas en auto y cuando voy a sentarme al lado de Yaya ya estamos agarrando avenida Italia. El camino es derechisimo por avenida Italia un rato largo y los colectivos acá no se llaman colectivos. Tampoco se llaman trenes, pero tienen vías y unos cables que atraviesan todas las calles. Es raro. Dice Abú que son colectivos amaestrados, que así no pueden irse a ningún lado y te aseguras que no te vas a perder. Además sirven como mapa, dice. Si te pierdes, dice Abú, tú seguí las vías que vas a llegar. ¿Pero adonde voy a llegar Abú? ¡A algún lado vas a llegar mijo!, ¡Ahi pedis que nos llamen! Cuando llego a Montevideo Abú siempre mezcla el tu charrúa y el vos porteño para hablar conmigo los primeros días, después se le pasa y además yo también empiezo a hablar como hablan acá, que la verdad es mucho mas lindo.
Seguimos por avenida Italia hasta que doblamos como alejándonos de la costanera. Mucho no importa porque es julio y hace un frío salvaje y para frío ya voy a tener frio cuando vayamos a Parque Rodó o a visitar a los tios que viven en Buceo y siempre salimos con Yaya y Marlene a caminar por la rambla aunque sintamos que en cualquier momento una rafaga nos va a levantar y nos va a volar hasta Buenos Aires. O tal vez por eso. Ya sé que Yaya me va a llevar a Burma esta misma tarde y va a comprarme algún sueter de esos que te hacen picar todo mientras le cuenta al resto de las viejas que soy su nieto el de Argentina. Acá, en esta avenida que agarramos ahora, Montevideo todavía es más gris. Ahora tengo ocho o diez años así que no lo sé, pero después me voy a dar cuenta que Montevideo es una foto vieja de Buenos Aires. Ya nos paramos que casi hay que bajar. Abú se carga mi bolso y yo me agarro de la mano de Yaya. Bajamos y caminamos primero por General Flores, una avenida que me parece inmensa y vacía y me hace acordar a las calles anchas y desiertas de San Martín los domingos a la tarde, ahí en la zona de San Martín o Villa Martelli donde son todas fábricas y los domingos solo andan vagando los perros en busca de algo para morder. General flores es igual pero en lugar de fábricas grises tiene locales grises que venden cosas grises, como si una lluvia de smog los hubiese cubierto hace años y nadie limpió nunca más. Pasamos por una librería que vende esos sacapuntas que tienen figuras coleccionables de bronce y Abú me dice que elija uno. Me gusta la moto. Cuando el vendedor levanta la moto espero ver cómo queda en la superficie del mostrador la silueta limpia de polvo que la moto protegió. Sin embargo el mostrador bajo la moto es del mismo color, como si el polvo hubiese caído antes o cayese todos los días de manera tal que forma una película inalterable o como si este color de Montevideo fuese un filtro de foto que se aplica siempre y aunque quieras cambiar algo no puedas.
Yaya y Abu viven en Pedernal y Porongos. En un edificio que tiene ascensor pero también tiene una escaleras con barandas formadas por caños que crecen como árboles desde cada escalón y se agarran del techo. Subir colgándose de esos caños es una de las cosas que más me gusta hacer. Eso y cruzar al almacén a comprar galletitas bridge y Colet para la merienda. Por Pedernal casi no pasan autos así que me dejan ir solo y puedo quedarme con el vuelto, que casi siempre son unas monedas grandes y más lindas que las que hay en argentina y que tienen unos dibujos de bananas. Y tambíen aprovecho y leo que la otra calle se llama Porongos. Siempre me río. No porque me cause gracia sino porque me acuerdo de la cara de Gerardo y del monito cuando les cuento en el recreo que mi abuela vive en la calle Porongos, pero a mí la calle que más me gusta es una cortada que se llama figurita y queda a dos cuadras. En Buenos Aires no se nos ocurrió ponerle figurita a ninguna calle y en cambio todas las calles tienen nombres de gente que dicen que fue importante pero también está Paseo Colón y Abú dice que Colón fue un hijo de puta. Lo extraño a Abú. No me acuerdo como era su voz, pero en mi cabeza Abú tiene la voz de Zitarrosa saliendo de una radio grandota y plateada con un dial enorme con el mapamundi que tenía siempre arriba de la mesa de fórmica donde se sentaba a tomar mate en la cocina. Cuando yo tenía ocho o diez años no tomaba mate. Volvería el tiempo atras solo para poder tomar un maté con Abú. Después de los mates con Abú ibamos al balconcito que era casi mi lugar favorito de Montevideo. El balcón tenía un techito de chapa que hacia mucho ruido cuando caían dos o tres gotas, y abajo del techito un montón de herramientas y maderas y clavos y bolitas de rulemanes que Abú juntaba en tachitos y frascos y después usábamos para inventar cosas que igual no funcionan pero que lindo que es hacerlo aunque no funcionen para después entrar a la casa otra vez y que esté calentito y Yaya preparó café con leche y esta servido en la mesa de fórmica en esas tazas de porcelana que tienen las abuelas y que si prestas atención te vas a dar cuenta que se fabricaron usando tetas como moldes. Y en la cocina tambìén hay unas bananas maduras que huelen a banana madura y ese aroma mezclado con el aroma del café con leche en las tazas teta es lo que más recuerdo de la casa de Yaya y Abú. Y ahora que entré a este bar y pedí un café y sentí como un olor a banana madura que capaz sea de un budín me acordé de ellos y de cuanto los extraño.

Lemanja y el big bang

Durante estas vacaciones Camila me preguntó cómo empezó el mundo. Le conté largamente sobre el big bang, hablamos y debatimos sobre el mono como nuestro ancestro (esta parte fue bastante complicada) y sobre las piedras, los dinosaurios, Pangea y mil cosas más. También le expliqué que algunas personas creen que el mundo lo creó algo superior a lo que llaman, genéricamente, Dios. Ella se acordó de Pangu y el mito chino sobre la creación del mundo, las lágrimas de Pangu que formaron los océanos salados, y los ojos de Pangu, que se convirtieron en la luna y el sol.
Unos días después, el 3 de febrero, sentados en la playa notamos que el agua estaba colorada. Como el 2 de febrero es el día de Lemanja, la diosa que habita en el mar, le conté una historia sobre los pescadores y las ofrendas que estos le envían a la diosa. Le dije que quiza el color del agua era porque a Lemanja le habían gustado las sandías que los pescadores le enviaban en balsas como ofrenda, y que tal vez por eso el mar se había teñido de rojo sandía. Cami se quedó pensando y me preguntó si alguien había visto alguna vez a Lemanja. Le dije que no. ¿nunca? No, nunca. ¿pero como nunca? Que no, que nunca nadie había visto a la diosa del mar.
Entonces, papá… -me dijo Cami, pensativa- si nunca nadie vio a la diosa pero inventaron toda esa historia… los que creen que el mundo lo hizo Dios capaz que estan equivocados. Capaz que esa historia se la inventó alguien hace muchísimo tiempo y ahora todos creen que Dios invento el mundo y en realidad el mundo se invento con el big bang.

Colombina

¡Dale play primero!

La cantamos desde que tenemos memoria o desde que existe, lo que haya sucedido primero. Nos gusta un poco más cada vez que la escuchamos. Cada vez que la redescubrimos en una nueva voz. Colombina siempre tiene algo más que decirnos y sin embargo, ha sido siempre la misma historia de aquel murguista enamorado que descubre que su Colombina no lo reconoce. Porque Colombina, como los letristas, solo tiene memoria y corazón para el murguista, y no para los hombres de a pie (ni los hombre de corbata).

Pero ahora es otra cosa. Desde ayer Colombina ya no es solo Colombina. A veces pasa algo que convierte para siempre las canciones. A veces convierten Twist and Shout en una canción odiable para bailar por un sueño, y otras, convierten una canción que ya amábamos, en una que amamos más cuando creíamos que eso era imposible. Eso pasó ayer.

Ayer entendí que Colombina ya no hablaba más de un amor no correspondido. Entendí que murguistas son todos los inventores de juegos, y son ustedes los directores de esa orquesta hermosa que fue creciendo, encandilados por las luces del futuro, malheridos por la ansiedad de terminar (o de no querer que termine nunca), sabiendo que quedan pocos días antes de tirar el disfraz de Pipoka en el respaldo del asiento, oliendo que están ahí nomás de la salida del tablado, de la última retirada. Entendí que esta primera infancia que es la colombina cada vez los reconocerá un poco menos. Pero también entendí que van a cambiar la piel, que habrán crecido y seguirán creciendo, y Colombina seguirá siempre en algún rincón del corazón para recordarles que pase lo que pase, nunca hay que dejar de cantar. Entendí que la retirada cada vez suena más débil y lejana aunque queramos retenerla, aunque queramos que siga para siempre y no se vaya nunca más. Y justo cuando me estaba quedando con el sabor amargo de la mirada indiferente de Colombina, me acordé que el rumbo es uno solo y las nostalgias nos ayudan a andar. Y que ésta también es una retirada que al despedirse, quiere regresar.

Llegarás en 42 minutos.

Mi amigo Guillermo dice que Google no te regala nada. Que nunca es gratis. Que antes de usarlo ya lo pagaste. O algo asi. Me subo al auto y pongo el celular en el soporte que hace 2 años pegué con una ventosa escupida en el parabrisas.
Google ya sabe que estoy en el auto porque se activó el bluetooth. También sabe que es sábado y que los sábados a esta hora voy siempre al mismo club. Me recomienda darme indicaciones para llegar. 47 minutos hasta tu destino. El tráfico habitual, dice. No hay retenciones, dice. Yo le doy comenzar navegación y si bien se que la ruta obvia es ir hasta Juan B. Justo para llegar hasta Sarmiento, Google Maps me dice que no. Entonces agarro por Córdoba. Córdoba suele estar congestionada, pero hoy no. Hoy va bien. Gracias Google. 47 exactos minutos después estaciono en el club.
La historia se repite el lunes, camino a la oficina, y el martes, cuando visito a ese cliente como todos los martes. Google aprende, nosotros le enseñamos. Nosotros lo consumimos. El nos consume. Nos mastica.
Y nosotros estamos ahí, dejándonos deglutir lentamente por el gigante. Porque mientras nos va mordiendo despacio nos hace un mimo. Nos deja respirar.
Un día Google dice que nos va a mejorar la vida. Que ahora que sabe que como y cuando hacemos lo que hacemos, nos ayudará. Entonces nos subimos al auto y se abre Google Maps y nos dice que 42 minutos es el tiempo estimado de arribo. Que encontró una ruta mejor porque va a mandarnos a todos los usuarios por caminos paralelos. Nos optimiza. Nos dice que ganamos cinco minutos de vida. Sube un video a youtube con música de ukeleles donde muestra gente feliz que gana 10 minutos por día. 3650 minutos por año. 2 días y medio para hacer lo que quieras. Entonces festejamos la tecnología.
Los medios sin tener mucha idea de que significa la palabra, hablan del algoritmo que nos ahorra tiempo. Que nos hace ganar vida.
Google sigue aprendiendo. Comiendo datos. Comiendonos. Google sabe que tardo 42 minutos en lugar de 47 y también sabe que necesito una nueva raqueta de tenis. Entonces el sábado en lugar de mandarme por la calle lateral a la que ya me acostumbró, me manda por otra. Me manda por una calle donde también tardaré 42 minutos, pero en esa calle alguien tiene un local de deportes y decidió usar adwords. En mi calle también había un local que vendía raquetas de tenis. Estabá el sábado pasado. Incluso Google Maps me preguntaba cada tanto si precisaba un nuevo tubo de pelotas de tenis cuando pasaba por ahi. Mis ultimas 2 raquetas las compré en el local de Aguirre. Pero el local de Velasco pagó más por el redireccionamiento de tráfico.

Chocolates de Pesaj

francine cristopheEn 1933, el año en que Adolf Hitler llegó al poder, nació en Francia Francine Cristophe. Ocho años mas tarde,  Francine y su mamá fueron trasladadas prisioneras al campo de concentración de Bergen-Belsen, y como prisioneras “privilegiadas”, se les permitió llevar una pequeña bolsa, donde podían llevar alguna pertenencia personal.

Cuenta Francine que su madre decidió llevar dos trozos de chocolate: “los guardaré para el día que te vea destrozada. Cuando no puedas mas contigo misma, ese día voy a darte el chocolate para levantarte el animo”. Los meses pasaron, y Helene, quien había sido hecha prisionera embarazada, comenzó un día el trabajo de parto. La madre de Francine tomó a Helene para llevarla a la enfermería, y antes de salir de la barraca, se acerco a Francine, y le preguntó si tenia fuerzas, si se sentía bien. Francine, con solo ocho años, comprendió el objeto de la pregunta. La madre de Francine continuó: “dar a luz aquí adentro será muy difícil, y es posible que Helene muera. Pero quizas, si le doy el chocolate, la ayude a sacar fuerzas de algun lado y sobrevivir”. Francine asintió otra vez, y entonces su madre, la mujer embarazada y el chocolate de Francine salieron hacia la enfermería.

Helene tuvo un bebe muy pequeño, y comió el chocolate de Francince, y no murió. Cuenta Francine que durante todo el cautiverio, el bebe nunca lloró. El tiempo transcurrió, y  seis meses mas tarde fueron liberadas. Ese mismo día, el día que fueron libres, el hijo de Helene lloró por primera vez. Ese día nació.

Pesaj, como la historia de Francine, se trata de como el pueblo judío se libera. De como comemos matza porque no hubo tiempo de leudar el pan. Porque al igual que Francine y su madre con esos dos trozos de chocolate, la matza fue lo único que los esclavos tuvieron tiempo de cargar consigo.

Pesaj es también la historia de todos las desgracias por las que tuvo que pasar el pueblo judío durante el éxodo: es la historia de 40 años en el desierto o la historia de Francine y Helene sobreviviendo en un campo de concentración. Es comer maror para recordar la amargura de la esclavitud en Egipto y para recordar que Francine, sumergida en amargura, decidió que su chocolate podría hacerle un bien mayor a otra persona antes que a ella misma en la barraca, en la comunidad. Comemos maror porque recordar los tiempos amargos nos hace valorar mejor los tiempos dulces. Porque eso también es Pesaj: desear con todas nuestras fuerzas que el año que viene estemos mejor.

Mientras veía y escuchaba el testimonio de Francine, comprendí que cada uno de esos momentos de su vida habían tenido relación directa con Pesaj, y cuando Francine llegaba al final, se me hizo un nudo en la garganta.

Francine se preguntó que tan distinto hubiera sido todo si al salir de los campos de concentración hubieran tenido asistencia psicológica, y con esa premisa organizó una convención para averiguarlo. Asistieron sobrevivientes, soldados, terapeutas, psicólogos y psiquiatras. Y entre todas esas voces, una mujer subió al estrado y habló:

“Vivo en Marsella, soy psiquiatra, y antes de comenzar mi disertación, tengo algo para Francine Cristophe”

La mujer buscó en su bolsillo, sacó dos trozos de chocolate y se los extendió a Francine. Yo soy el bebe, le dijo.

Y yo pensé en esa canción que nos imagina en Jerusalem el próximo año. Y pensé en Francine y su madre, y en Helene y su hija. Y en esa melodía sonando en silencio dentro de sus cabezas, dentro de las barracas, dentro del campo de concentración en Bergen-Belsen. Y pensé que el Jerusalem personal de cada uno de nosotros quizá sea ese lugar mejor donde queremos estar. Y en cómo ese año, para Francine y su madre y para Helene y su hija, la melodía se hizo realidad y el año siguiente, estuvieron allí.

Quizá Jerusalem, también sea un estado de la mente.

Human, el documental donde Francine cuenta su historia, puede verse online aqui

Tupamaros y bombachitas

Cuando Roberto dejó Uruguay tenía 24 años, una mujer, dos hijos que empezaban a caminar y un montón de convicciones que valían una bala, o un submarino, o una picana, o con bastante suerte, un pasaje de ida a algún otro lado que no fuera esta mierda. Eran convicciones de las buenas, de esas que no destiñen, de esas que uno cuida mucho y bien. Y por eso, eran también convicciones caras. Como la vida.

Un día cualquiera de uno de esos años de mierda, Roberto caminaba de vuelta a casa, sin agendas, sin libros, sin nada de todas esas cosas que estaban prohibidas y que a ellos les gustaba tanto encontrar, cuando sintió una frenada a sus espaldas. No llegó a darse vuelta antes de escuchar el grito de alto y verlos acercarse con cara de acá mando yo, a pedir documentos, y a frenar al próximo cristiano desprevenido que pasaba por ahi, para que atestiguara que Roberto llevaba bajo el brazo un libro que hacía mucho que quería leer y no podía. Porque estos milicos eran mierdas, si. Pero todavía se mentían a ellos mismos más de lo que mentían a terceros.

El libro, “Historia de Los Tupamaros” de Eleuterio Fernández Huidobro, estaba en la lista negra, y cuando los ojos de Roberto vieron de refilón que uno de ellos tiraba ese libro a la vereda, justo a sus pies, sintió unas ganas tremendas de agacharse a buscarlo.

Unas ganas que le duraron lo mismo que el culatazo en la nuca.

Cuando se avispó, estaba de cuclillas en un auto que iba rápido por calles todavía adoquinadas. Al lado, otra mujer, también agachada, miraba el cañon del fusil que se apoyaba entre medio de ellos dos y rechinaba los dientes. No de miedo, sino de bronca.

Ese fue el último día de esa decada que Roberto vió a sus hijos. El último día que vio a sus padres, y el último día que vio Montevideo.

Cuarenta y ocho horas mas tarde Tomas -que era el tio de Roberto pero que también era capitán de corbeta de la Marina Uruguaya- subió a Roberto a una camioneta y condujo en medio de un silencio blanco como el cielo de esa mañana. Las pocas cuadras que separaban el FUSNA de la terminal de granos fueron infinitas. Ese de ahi va para Buenos Aires, y ese de allá para Sidney. Elegí uno ahora y andate, porque no te voy a poder sacar otra vez. La piel de Roberto se hubiese erizado, pero le dolía tanto todo que no. Y Sidney era muy lejos. Y Roberto tenía dos hijos, y una esposa, y un papá bancario y una mamá ama de casa. Buenos Aires.

Buenos Aires era casi lo mismo, pero sin mílicos. Todavía. Roberto caminó sin rumbo ni voluntad ni frio ni calor ni dinero. Con hambre. Se durmió en un banco de una plaza. Pidió. Le dieron. Comió. Se durmió otra vez. Pasaron varios días hasta que pudo armar una idea. Recordar un nombre. Una calle. Varios días hasta que pudo preguntar sin miedo. Casi.  Caminar. Tocar timbre. Llorar (llorá nomás botija/ son macanas/ que los hombres no lloran/ llorá/ pero no olvides). Comer. Dormir, tapado y seco.

Después, un día, pudo hablar al paisito. Saber que Luis, su papá, había estado preso porque no lo encontraban a él. Saber que sus hijos lloraban pero vivían. Que el menor ya caminaba. Los quiso traer. No se podía.

El año siguiente los milicos también rompieron la democracia de este lado del charco. Roberto estaba solo, trabajaba, lloraba de noche. Vendía bombachas.

Había conseguido trabajo como vendedor de ropa interior femenina, y andaba de un lado a otro de buenos aires en subtes y trenes y colectivos, con la guia peuser en una mano y una valija forrada de raso rojo que adentro guardaba un muestrario inabarcable de vedetinas, tangas, culotes y corpiños. Cada uno guardado prolijamente en su cajita. En el bolsillo de la valija, un libro gordo llenaba sus páginas con la modelo del momento posando en esas telitas diminutas.

En eso andaba Roberto, caminando por Humberto Primo, visitando lencerías, cuando sintió la frenada brusca. No necesitó darse vuelta para saber que el auto que frenaba era un Falcon. La voz de alto no lo sorprendió. Eran tres, y mientras uno le hacía preguntas otro lo palpaba y el último meticulosamente sacaba cada tanga, cada vedetina y cada corpiño de su cajita y se ocupaba de tirarla en algún lado del empedrado de San Telmo. Cuando vaciaron la valija la tajearon. Cuando terminaron de romperla, miraron las páginas del catálogo hasta aburrirse y lo revolearon hecho añicos por el aire. Se subieron al Falcon y se fueron por Perú. Roberto se quedó con el alma rota, levantando una a una las bombachitas, preguntandose si algún día podría leer Historia de los Tupamaros de Eleuterio Fernández Huidobro.