Lemanja y el big bang

Durante estas vacaciones Camila me preguntó cómo empezó el mundo. Le conté largamente sobre el big bang, hablamos y debatimos sobre el mono como nuestro ancestro (esta parte fue bastante complicada) y sobre las piedras, los dinosaurios, Pangea y mil cosas más. También le expliqué que algunas personas creen que el mundo lo creó algo superior a lo que llaman, genéricamente, Dios. Ella se acordó de Pangu y el mito chino sobre la creación del mundo, las lágrimas de Pangu que formaron los océanos salados, y los ojos de Pangu, que se convirtieron en la luna y el sol.
Unos días después, el 3 de febrero, sentados en la playa notamos que el agua estaba colorada. Como el 2 de febrero es el día de Lemanja, la diosa que habita en el mar, le conté una historia sobre los pescadores y las ofrendas que estos le envían a la diosa. Le dije que quiza el color del agua era porque a Lemanja le habían gustado las sandías que los pescadores le enviaban en balsas como ofrenda, y que tal vez por eso el mar se había teñido de rojo sandía. Cami se quedó pensando y me preguntó si alguien había visto alguna vez a Lemanja. Le dije que no. ¿nunca? No, nunca. ¿pero como nunca? Que no, que nunca nadie había visto a la diosa del mar.
Entonces, papá… -me dijo Cami, pensativa- si nunca nadie vio a la diosa pero inventaron toda esa historia… los que creen que el mundo lo hizo Dios capaz que estan equivocados. Capaz que esa historia se la inventó alguien hace muchísimo tiempo y ahora todos creen que Dios invento el mundo y en realidad el mundo se invento con el big bang.

Colombina

¡Dale play primero!

La cantamos desde que tenemos memoria o desde que existe, lo que haya sucedido primero. Nos gusta un poco más cada vez que la escuchamos. Cada vez que la redescubrimos en una nueva voz. Colombina siempre tiene algo más que decirnos y sin embargo, ha sido siempre la misma historia de aquel murguista enamorado que descubre que su Colombina no lo reconoce. Porque Colombina, como los letristas, solo tiene memoria y corazón para el murguista, y no para los hombres de a pie (ni los hombre de corbata).

Pero ahora es otra cosa. Desde ayer Colombina ya no es solo Colombina. A veces pasa algo que convierte para siempre las canciones. A veces convierten Twist and Shout en una canción odiable para bailar por un sueño, y otras, convierten una canción que ya amábamos, en una que amamos más cuando creíamos que eso era imposible. Eso pasó ayer.

Ayer entendí que Colombina ya no hablaba más de un amor no correspondido. Entendí que murguistas son todos los inventores de juegos, y son ustedes los directores de esa orquesta hermosa que fue creciendo, encandilados por las luces del futuro, malheridos por la ansiedad de terminar (o de no querer que termine nunca), sabiendo que quedan pocos días antes de tirar el disfraz de Pipoka en el respaldo del asiento, oliendo que están ahí nomás de la salida del tablado, de la última retirada. Entendí que esta primera infancia que es la colombina cada vez los reconocerá un poco menos. Pero también entendí que van a cambiar la piel, que habrán crecido y seguirán creciendo, y Colombina seguirá siempre en algún rincón del corazón para recordarles que pase lo que pase, nunca hay que dejar de cantar. Entendí que la retirada cada vez suena más débil y lejana aunque queramos retenerla, aunque queramos que siga para siempre y no se vaya nunca más. Y justo cuando me estaba quedando con el sabor amargo de la mirada indiferente de Colombina, me acordé que el rumbo es uno solo y las nostalgias nos ayudan a andar. Y que ésta también es una retirada que al despedirse, quiere regresar.

Llegarás en 42 minutos.

Mi amigo Guillermo dice que Google no te regala nada. Que nunca es gratis. Que antes de usarlo ya lo pagaste. O algo asi. Me subo al auto y pongo el celular en el soporte que hace 2 años pegué con una ventosa escupida en el parabrisas.
Google ya sabe que estoy en el auto porque se activó el bluetooth. También sabe que es sábado y que los sábados a esta hora voy siempre al mismo club. Me recomienda darme indicaciones para llegar. 47 minutos hasta tu destino. El tráfico habitual, dice. No hay retenciones, dice. Yo le doy comenzar navegación y si bien se que la ruta obvia es ir hasta Juan B. Justo para llegar hasta Sarmiento, Google Maps me dice que no. Entonces agarro por Córdoba. Córdoba suele estar congestionada, pero hoy no. Hoy va bien. Gracias Google. 47 exactos minutos después estaciono en el club.
La historia se repite el lunes, camino a la oficina, y el martes, cuando visito a ese cliente como todos los martes. Google aprende, nosotros le enseñamos. Nosotros lo consumimos. El nos consume. Nos mastica.
Y nosotros estamos ahí, dejándonos deglutir lentamente por el gigante. Porque mientras nos va mordiendo despacio nos hace un mimo. Nos deja respirar.
Un día Google dice que nos va a mejorar la vida. Que ahora que sabe que como y cuando hacemos lo que hacemos, nos ayudará. Entonces nos subimos al auto y se abre Google Maps y nos dice que 42 minutos es el tiempo estimado de arribo. Que encontró una ruta mejor porque va a mandarnos a todos los usuarios por caminos paralelos. Nos optimiza. Nos dice que ganamos cinco minutos de vida. Sube un video a youtube con música de ukeleles donde muestra gente feliz que gana 10 minutos por día. 3650 minutos por año. 2 días y medio para hacer lo que quieras. Entonces festejamos la tecnología.
Los medios sin tener mucha idea de que significa la palabra, hablan del algoritmo que nos ahorra tiempo. Que nos hace ganar vida.
Google sigue aprendiendo. Comiendo datos. Comiendonos. Google sabe que tardo 42 minutos en lugar de 47 y también sabe que necesito una nueva raqueta de tenis. Entonces el sábado en lugar de mandarme por la calle lateral a la que ya me acostumbró, me manda por otra. Me manda por una calle donde también tardaré 42 minutos, pero en esa calle alguien tiene un local de deportes y decidió usar adwords. En mi calle también había un local que vendía raquetas de tenis. Estabá el sábado pasado. Incluso Google Maps me preguntaba cada tanto si precisaba un nuevo tubo de pelotas de tenis cuando pasaba por ahi. Mis ultimas 2 raquetas las compré en el local de Aguirre. Pero el local de Velasco pagó más por el redireccionamiento de tráfico.

Chocolates de Pesaj

francine cristopheEn 1933, el año en que Adolf Hitler llegó al poder, nació en Francia Francine Cristophe. Ocho años mas tarde,  Francine y su mamá fueron trasladadas prisioneras al campo de concentración de Bergen-Belsen, y como prisioneras “privilegiadas”, se les permitió llevar una pequeña bolsa, donde podían llevar alguna pertenencia personal.

Cuenta Francine que su madre decidió llevar dos trozos de chocolate: “los guardaré para el día que te vea destrozada. Cuando no puedas mas contigo misma, ese día voy a darte el chocolate para levantarte el animo”. Los meses pasaron, y Helene, quien había sido hecha prisionera embarazada, comenzó un día el trabajo de parto. La madre de Francine tomó a Helene para llevarla a la enfermería, y antes de salir de la barraca, se acerco a Francine, y le preguntó si tenia fuerzas, si se sentía bien. Francine, con solo ocho años, comprendió el objeto de la pregunta. La madre de Francine continuó: “dar a luz aquí adentro será muy difícil, y es posible que Helene muera. Pero quizas, si le doy el chocolate, la ayude a sacar fuerzas de algun lado y sobrevivir”. Francine asintió otra vez, y entonces su madre, la mujer embarazada y el chocolate de Francine salieron hacia la enfermería.

Helene tuvo un bebe muy pequeño, y comió el chocolate de Francince, y no murió. Cuenta Francine que durante todo el cautiverio, el bebe nunca lloró. El tiempo transcurrió, y  seis meses mas tarde fueron liberadas. Ese mismo día, el día que fueron libres, el hijo de Helene lloró por primera vez. Ese día nació.

Pesaj, como la historia de Francine, se trata de como el pueblo judío se libera. De como comemos matza porque no hubo tiempo de leudar el pan. Porque al igual que Francine y su madre con esos dos trozos de chocolate, la matza fue lo único que los esclavos tuvieron tiempo de cargar consigo.

Pesaj es también la historia de todos las desgracias por las que tuvo que pasar el pueblo judío durante el éxodo: es la historia de 40 años en el desierto o la historia de Francine y Helene sobreviviendo en un campo de concentración. Es comer maror para recordar la amargura de la esclavitud en Egipto y para recordar que Francine, sumergida en amargura, decidió que su chocolate podría hacerle un bien mayor a otra persona antes que a ella misma en la barraca, en la comunidad. Comemos maror porque recordar los tiempos amargos nos hace valorar mejor los tiempos dulces. Porque eso también es Pesaj: desear con todas nuestras fuerzas que el año que viene estemos mejor.

Mientras veía y escuchaba el testimonio de Francine, comprendí que cada uno de esos momentos de su vida habían tenido relación directa con Pesaj, y cuando Francine llegaba al final, se me hizo un nudo en la garganta.

Francine se preguntó que tan distinto hubiera sido todo si al salir de los campos de concentración hubieran tenido asistencia psicológica, y con esa premisa organizó una convención para averiguarlo. Asistieron sobrevivientes, soldados, terapeutas, psicólogos y psiquiatras. Y entre todas esas voces, una mujer subió al estrado y habló:

“Vivo en Marsella, soy psiquiatra, y antes de comenzar mi disertación, tengo algo para Francine Cristophe”

La mujer buscó en su bolsillo, sacó dos trozos de chocolate y se los extendió a Francine. Yo soy el bebe, le dijo.

Y yo pensé en esa canción que nos imagina en Jerusalem el próximo año. Y pensé en Francine y su madre, y en Helene y su hija. Y en esa melodía sonando en silencio dentro de sus cabezas, dentro de las barracas, dentro del campo de concentración en Bergen-Belsen. Y pensé que el Jerusalem personal de cada uno de nosotros quizá sea ese lugar mejor donde queremos estar. Y en cómo ese año, para Francine y su madre y para Helene y su hija, la melodía se hizo realidad y el año siguiente, estuvieron allí.

Quizá Jerusalem, también sea un estado de la mente.

Human, el documental donde Francine cuenta su historia, puede verse online aqui

Tupamaros y bombachitas

Cuando Roberto dejó Uruguay tenía 24 años, una mujer, dos hijos que empezaban a caminar y un montón de convicciones que valían una bala, o un submarino, o una picana, o con bastante suerte, un pasaje de ida a algún otro lado que no fuera esta mierda. Eran convicciones de las buenas, de esas que no destiñen, de esas que uno cuida mucho y bien. Y por eso, eran también convicciones caras. Como la vida.

Un día cualquiera de uno de esos años de mierda, Roberto caminaba de vuelta a casa, sin agendas, sin libros, sin nada de todas esas cosas que estaban prohibidas y que a ellos les gustaba tanto encontrar, cuando sintió una frenada a sus espaldas. No llegó a darse vuelta antes de escuchar el grito de alto y verlos acercarse con cara de acá mando yo, a pedir documentos, y a frenar al próximo cristiano desprevenido que pasaba por ahi, para que atestiguara que Roberto llevaba bajo el brazo un libro que hacía mucho que quería leer y no podía. Porque estos milicos eran mierdas, si. Pero todavía se mentían a ellos mismos más de lo que mentían a terceros.

El libro, “Historia de Los Tupamaros” de Eleuterio Fernández Huidobro, estaba en la lista negra, y cuando los ojos de Roberto vieron de refilón que uno de ellos tiraba ese libro a la vereda, justo a sus pies, sintió unas ganas tremendas de agacharse a buscarlo.

Unas ganas que le duraron lo mismo que el culatazo en la nuca.

Cuando se avispó, estaba de cuclillas en un auto que iba rápido por calles todavía adoquinadas. Al lado, otra mujer, también agachada, miraba el cañon del fusil que se apoyaba entre medio de ellos dos y rechinaba los dientes. No de miedo, sino de bronca.

Ese fue el último día de esa decada que Roberto vió a sus hijos. El último día que vio a sus padres, y el último día que vio Montevideo.

Cuarenta y ocho horas mas tarde Tomas -que era el tio de Roberto pero que también era capitán de corbeta de la Marina Uruguaya- subió a Roberto a una camioneta y condujo en medio de un silencio blanco como el cielo de esa mañana. Las pocas cuadras que separaban el FUSNA de la terminal de granos fueron infinitas. Ese de ahi va para Buenos Aires, y ese de allá para Sidney. Elegí uno ahora y andate, porque no te voy a poder sacar otra vez. La piel de Roberto se hubiese erizado, pero le dolía tanto todo que no. Y Sidney era muy lejos. Y Roberto tenía dos hijos, y una esposa, y un papá bancario y una mamá ama de casa. Buenos Aires.

Buenos Aires era casi lo mismo, pero sin mílicos. Todavía. Roberto caminó sin rumbo ni voluntad ni frio ni calor ni dinero. Con hambre. Se durmió en un banco de una plaza. Pidió. Le dieron. Comió. Se durmió otra vez. Pasaron varios días hasta que pudo armar una idea. Recordar un nombre. Una calle. Varios días hasta que pudo preguntar sin miedo. Casi.  Caminar. Tocar timbre. Llorar (llorá nomás botija/ son macanas/ que los hombres no lloran/ llorá/ pero no olvides). Comer. Dormir, tapado y seco.

Después, un día, pudo hablar al paisito. Saber que Luis, su papá, había estado preso porque no lo encontraban a él. Saber que sus hijos lloraban pero vivían. Que el menor ya caminaba. Los quiso traer. No se podía.

El año siguiente los milicos también rompieron la democracia de este lado del charco. Roberto estaba solo, trabajaba, lloraba de noche. Vendía bombachas.

Había conseguido trabajo como vendedor de ropa interior femenina, y andaba de un lado a otro de buenos aires en subtes y trenes y colectivos, con la guia peuser en una mano y una valija forrada de raso rojo que adentro guardaba un muestrario inabarcable de vedetinas, tangas, culotes y corpiños. Cada uno guardado prolijamente en su cajita. En el bolsillo de la valija, un libro gordo llenaba sus páginas con la modelo del momento posando en esas telitas diminutas.

En eso andaba Roberto, caminando por Humberto Primo, visitando lencerías, cuando sintió la frenada brusca. No necesitó darse vuelta para saber que el auto que frenaba era un Falcon. La voz de alto no lo sorprendió. Eran tres, y mientras uno le hacía preguntas otro lo palpaba y el último meticulosamente sacaba cada tanga, cada vedetina y cada corpiño de su cajita y se ocupaba de tirarla en algún lado del empedrado de San Telmo. Cuando vaciaron la valija la tajearon. Cuando terminaron de romperla, miraron las páginas del catálogo hasta aburrirse y lo revolearon hecho añicos por el aire. Se subieron al Falcon y se fueron por Perú. Roberto se quedó con el alma rota, levantando una a una las bombachitas, preguntandose si algún día podría leer Historia de los Tupamaros de Eleuterio Fernández Huidobro.

Salchichas con puré

Si googleas salchichas con puré, el primer link es una receta en Taringa! donde para hacer el puré usan papas y aceite únicamente. El primer video en Youtube muestra dos adolescentes argentinos haciendo un puré instantáneo deshidratado.
Los dos links me dan tanta vergüenza ajena que no puedo referirlos en el post. Hagan la búsqueda ustedes mismos si quieren.
En “Viajes de un chef”, Bourdain cuenta que cuando se reúne a comer con sus amigos chefs, en algún momento de la noche siempre surge la misma pregunta:
“¿Si estuvieses en el corredor de la muerte, cual sería tu última comida?”
Todas las respuestas tienen un único punto en común. Los sentenciados al destino inexorable, incluso aquellos chefs con tres estrellas Michelin, los mejores del mundo, siempre eligen un sabor de su infancia:
-La pasta caccio e pepe que hacia mi mamá.
-Un sandwich de pastrami con pepinos y mostaza.
-Una hamburguesa con tomate al pan.
Por que al final de todo, cocinamos para recordar. Las comidas que mas nos gustan son las que nos recuerdan momentos. Nadie recuerda una cena en un restaurante lindo como su mejor cena solo por el hecho de que el restaurante era lindo. Las salchichas con puré son para mi una de esas comidas que podría elegir en el corredor de la muerte.
En esta receta, van con un poco de valor agregado. La receta de puré es la del libro de recetas de “Les Halles”, las salchichas son una receta que hago hace años.
Para el puré lo importante es cocer las papas enteras y con cáscara, cubrirlas en agua fría con sal gruesa y ponerlas al fuego. Tardan cerca de media hora. Cuando puedan llegar al centro de la papa, esta listo.
Después esperan que la papa baje un poco la temperatura y le sacan la cáscara, que sale sola con la mano. Las vuelven a poner en el mismo recipiente y la pisan mientras van agregando la manteca pomada y la crema de leche y un toque de pimienta blanca. Cuando tiene consistencia cremosa es cuando cada uno le da su toque. En este caso, le agregué unos pedacitos de panceta que antes saltee para dejar crocantes.
Para las salchichas, cortan dos cebollas en ciselado. O sea: hacer una juliana con las cebollas. O sea: cortar la cebolla al medio y después en tiras de 2 milimetros.
Saltearlas en aceite de oliva y manteca y cuando transparenten agregar las salchichas, cortadas en rodajas de 1 centimetro, y dos cucharadas de mostaza.
Para 4 personas:
6 papas
100 ml de crema de leche
50 gramos de manteca
50 gramos de panceta
8 salchichas
2 cebollas
mostaza de dijon, pimienta, sal
Espero que si los condenan a muerte y eligen salchichas con puré como cena en el corredor de la muerte, el cocinero que les toque en suerte encuentré esta receta y no la de Taringa cuando google.
Bonus Track:
James Reynolds hizo un trabajo fotográfico muy interesante basado en las últimas cenas de condenados a muerte, lo pueden ver en Last Suppers

Paraguas

Llueve. Los manteros huyen con sus carteras y sus chombas Lacoste y sus fundas que sirven para cubrir la tarjeta sube de vaya a saber que desgracias. Huyen y reaparecen en escena segundos o minutos mas tarde y parece que emergieran de las alcantarillas, de detrás de los puestos de diario y flores, de entre las vidrieras de los marroquineros que intentan quitarlos de allí porque la evasión y porque las ventas y porque si. Yo creo que es mas bien porque son negros. Negros de veras. Como la noche. Negros como el color negro. Aparecen repletos de paraguas chinos. Paraguas que también son negros y paraguas de colores, cortos, largos, paraguas inmensos como sombrillas o absurdos como la funda de la tarjeta de la sube. Algunos se empapan. Tienen las manos negras explotadas de paraguas, llevan al hombro una bolsa de residuos -negra- o vigilan de reojo un balde de pintura que hace de paragüero junto a sus pies. El balde, como sus dientes, es blanco. O un poco amarillo por el sol, como sus dientes por quien sabe que. Pero ese blanco que no es Ala resalta de toda esa negrura. Ese blanco en sus caras los hace felices aunque estén muertos -o muriendo lentamente- por dentro. Los hace felices porque nosotros no nos detenemos, porque nuestros ojos miran su negrura y sus dientes blancos que parece que se escapan de la boca de tanto contraste y nuestra cabeza lo asocia con una sonrisa inmensa. Mientras ellos se empapan. Tal vez la lluvia los purifica, los limpia, los refresca. No se. Ellos se empapan y nosotros creemos que son felices. Y ellos creen que son felices. Ellos que después que la lluvia pase volverán a sacar sus carteras de imitación y sus valijas de bishú hasta mas o menos las ocho de la noche. Ellos que van a volver a su pensión sobre Perú o sobre Humberto Primo, a su habitación de camas marineras y olor a humedad y guiso. ¿Pensarán en eso mientras se empapan? ¿Pensarán en su cama tibia en la piecita de la pensión? ¿en las paredes húmedas pero aunque sea paredes? ¿en el colchón viejo con olor a otros antes pero aunque sea colchón? ¿en el guiso de muchas papas y zanahorias y puré de tomates y pimentón berreta hecho con polvo de ladrillo que se cuece sobre el anafe en el patio de la pensión?

Un hombre se esta mojando un poco el piloto que lleva sobre el traje que lleva sobre la camisa con corbata. Se acerca. Recibe un cien, ochenta, cientocincuenta como respuesta a una pregunta que no hace falta hacer. Examina el de cientocincuenta que es un paraguas negro y largo, de esos que tienen como una aguja de tejer en la punta y que solo usan los hombres que tienen corbata traje y piloto. Lo abre, lo cierra, lo abre otra vez. Mira las costuras, los rayos, la tela. El velcro en esa tirita que sirve para atarlos cuando la lluvia para. Y la lluvia para. Y el señor devuelve el paraguas y se va, no dice ni gracias ni si ni no ni nada. Se va. Como si nunca mas fuese a llover otra vez. Como si no fuese a llover la cuadra que viene. El negro guarda el paraguas en el balde, grita ¡paraguas!, la gente pasa inmutable porque ya no llueve. Algunos siguen con sus paraguas abiertos, como si bajo ese refugio no notasen la diferencia, o como si supieran que exactamente en 15 segundos comenzará a llover otra vez y les diera pereza cerrar y volver a abrir el paraguas. 15 segundos. Llueve. ¡Paraguas!. El hombre de piloto y traje se moja y se detiene en otro negro, un negro que para el es igual, es el mismo negro con los mismos paraguas y los mismos dientes. Y aunque sea el mismo negro, el hombre de piloto otra vez examina el paraguas, el mismo paraguas, el de cientocincuenta y aguja de tejer. Y se moja mientras lo hace. Se empapa y el agua se filtra por los pliegues de su piloto. Y en ese momento cree que es feliz y que la lluvia lo purifica o lo limpia o simplemente lo refresca. Llueve.